Isaías Lafuente.- Finul sin final

Actualizado 26/06/2007 2:00:43 CET

MADRID, 26 Jun. (OTR/PRESS) -

En la playa de Tiro, lugar en el que desembarcaron el año pasado los primeros soldados del contingente español de las fuerzas de Naciones Unidas en Líbano, hay un monumento que registra los nombres de los soldados de la FINUL muertos en aquel país desde 1978. Ahora habrá que añadir los de los seis soldados del ejército español asesinados en un brutal atentado terrorista. En aquel año, tras la invasión israelí del sur de Líbano, el Consejo de Seguridad de la ONU creó está unidad de interposición a la que bautizó como FINUL, que significa Fuerza Interina de las Naciones Unidas en el Líbano. Que una fuerza alumbrada con carácter interino siga operando en la zona de conflicto treinta años después es la mejor prueba del fracaso de la comunidad internacional para estabilizar y llevar la paz a ese polvorín rodeado de polvorines.

Ahora se investiga quién ha sido. Todo apunta a la autoría de Fatah al Islam, un grupúsculo terrorista, franquicia de Al Qaeda en la zona. Uno más en un país en el que operan decenas de grupos armados de ideología diversa, prosirios, proiraníes, proisraelíes y propalestinos, a los que ahora se ha sumado la fantasmagórica y eficaz organización de Bin Laden. El manual de estilo exige cargar toda la culpa sobre los asesinos: ellos son, sin duda, los únicos responsables de esta matanza. Pero ese ente difuso que es la comunidad internacional, con sus grandes potencias al frente, debe mirarse sus vergüenzas y reflexionar sobre su inoperancia para desactivar la violencia en la zona más violenta del planeta. La última justificación que oímos a Bush para legitimar su guerra ilegal en Irak fue la de estabilizar Oriente Medio. Y en estas estamos, en Líbano, en los territorios palestinos, en Irak, en Irán... por no hablar de Afganistán.

En nombre de esa comunidad internacional y bajo su bandera azul fueron a Líbano Jefferson Vargas, Jeyson Alejandro Castaño, Yhon Edisson Posada, Jonathan Galea, Juan Carlos Villora, y Manuel David Portas. Allí han dejado sus vidas. No pasaban de los veinte años, es decir, quizás sus padres ni se conocían cuando la FINUL llegó a Líbano por primera vez. Ahora nos toca llorar su pérdida y manifestar a sus familias el orgullo por su trabajo brutalmente truncado. Pero inmediatamente después nos tendremos que volver a preguntar en qué estamos fallando para que en lugares como Oriente Medio sigan muriendo jóvenes en conflictos que vieron nacer sus abuelos.

Isaías Lafuente.

OTR Press

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