Publicado 15/05/2026 08:00

Luis del Val.- La anécdota que desplazó a la categoría

MADRID 15 May. (OTR/PRESS) -

En el fondo, casi todos tenemos un chismoso agazapado, que se excita ante el chismorreo. El chismorreo, además, no necesita de grandes conocimientos científicos o culturales, y puede atraer al camarero de la taberna del pueblo, o al investigador científico que, de repente, recibe noticias de que la becaria de un colega ha sido la causa de la tramitación de su cercano divorcio.

De alcobas, braguetas y calentones entendemos casi todos, Y suele ser un asunto que entretiene, porque no hace falta ser un campeón en artes amatorias, o un casto por falta de oportunidades, para poder aportar comprensión, conocimientos, opiniones e incluso advertencias.

Si los semáforos de una ciudad son lo más interclasista que se advierte en las calles, el chisme es de una democracia tan abrumadora como el voto, porque todo el mundo posee el derecho a votar y, también, la ocasión de ser chismoso. Chisme procede del griego, y significaba cisma, separación o división, pero al pasar a latín evolucionó hasta que, hoy, se trata de habladurías, murmuraciones o cotilleos.

Perdón por tan cansino prefacio, pero el chisme de las prostitutas contratadas con cargo a nuestros impuestos, por los componentes de la trama de corrupción más dramática de nuestra democracia -con ser vergonzosa y reprobable- es una anécdota que oscurece la categoría del delito, y es que, en las más altas instancias del Gobierno y del partido del Gobierno, se tejió una trama corrupta, que se dedicaba a estafar dinero de los españoles, con el comercio de mascarillas -algunas defectuosas- mientras cientos de personas morían debido a un pandemia. Un par de amigos me abandonaron durante la pandemia, y no por su voluntad, ni la mía.

Que en esas dramáticas circunstancias, desde la presidenta del Congreso -entonces al mando de una autonomía- hasta el presidente del Gobierno, nadie se diera cuenta de la trama, y todos fueran cómplices voluntarios de la inmensa estafa, es el meollo de un acto repugnante, que en una sociedad de valores éticos normales, hubiera provocado una dimisión en cadena. Pero en España no hay exigencias éticas. Hemos olvidado el bosque de la inmensa corrupción, y nos limitamos a comentar un par de árboles, que hacían de putas, y ni siquiera sabían qué, detrás de lo pagadores, existía una repugnante trama, con toda ambición no sin ninguna conciencia.

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