MADRID 18 Nov. (OTR/PRESS) -
Me produce una cierta mezcla de compasión y desprecio ese errabundo sendero del ministro de Cultura, empeñado en que se prohíban las corridas de toros, y en que los pueblos hermanos de América se rebelen y protesten contra España, naturalmente en español, aunque puede que el ministro preferiría que lo hicieran en catalán.
Su último intento ha sido disociar a un escritor, autor de teatro, torero y filántropo, Ignacio Sánchez Mejías, de la generación del 27. El señor ministro no quiere que se recuerde la amistad que Ignacio tuvo con gente de derechas como Rafael Alberti y Miguel Hernández. O que nadie lea, ni recite el "Llanto por la muerte de de Ignacio Sánchez Mejías", uno de los más bellos poemas de Federico García Lorca, peligroso poeta, también de derechas, porque según el ministro nadie, que sea torero o le gusten las corridas de toros, puede ser un progresista de izquierdas como él, o su jefa, Yolanda Díaz.
Y eso que no todos los de derechas son peligrosos, porque habría que hacer una excepción con el abuelo del ministro, que desertó del bando republicano, se enroló con las tropas de Franco, y recibió una condecoración de las manos del mismísimo dictador. Ahí, me imagino, que no hay reproches, aunque al abuelo -a lo peor- también le gustaban los toros. De todas formas, el señor Ministro de Cultura no es un intolerante.
Prueba de ello es que, el año pasado, mantuvo una bronca, allá por la primavera, por la blandengue postura de Salvador Illa con la tauromaquia, y la falta de claridad del criado del separatismo catalán con los derechos de los animales. Parece que, después de que Salvador Illa le asignara un cargo a la novia del ministro -con sueldo a cargo de la Generalitat- no hubo ya más enfrentamientos, al menos en público.
A mí lo que más me preocupa de estos ministros sectarios es que, de lunes a viernes, se ponen totalitarios, cuando menos lo esperas, y, a lo peor, prohíbe la amena y documentada biografía, que escribió mi admirado Andrés Amorós, sobre la interesante vida de Ignacio Sánchez Mejías. O -¡qué se yo!- convence que le quiten el nombre a una escuela de Sevilla, que lleva el nombre del autor y torero. Porque, cuando un ministro se inclina por la incultura, no sabes qué puede ocurrir.