Por José Manuel Gómez Gutiérrez, MADRID, 13 Oct. (OTR/PRESS) -
Cuanto afecte a las relaciones intraespecíficas no es ahora motivo de consideración.
En las interacciones interespecíficas, del ser humano con su Medio Natural, los conflictos o confrontaciones entre las diversas teorías que abordan esos temas se van apagando ante la evidencia de los nefastos resultados de nuestra actividad.
Se está acuñando el concepto que identifica el antropocentrismo con el desprecio a la Naturaleza, al Medio Natural que nos contiene. El hombre es, será, tiene que ser antropocéntrico, y le conviene mucho serlo por su propio bien. Para cada organismo el eje de la vida es él y su especie; está inculcado en lo más profundo del sentido de la supervivencia y es la base de la preservación de la vida.
A lo largo de la evolución, las especies han de adaptarse a las condiciones y recursos del medio, adecuando su conducta a las nuevas situaciones y acondicionando el medio que nos cobija a sus necesidades, pero sin despreciarlo; destruirlo, con, sin o por beneficio inmediato no es una manifestación de antropocentrismo, sino de pura insensatez e ignorancia. Por lo tanto, maticemos: identificamos antropocentrismo con una actitud insensata y destructora, que no es correcta cuando perjudica al hombre, a la que denomino antropotontismo. El antropocentrismo racional asume que cuanto se haga contra la Naturaleza más allá de una explotación o modificación limitada, convirtiéndolo en expolio, perjudicará al hombre, a su economía y a su supervivencia; por lo cual es necesario cuidarla, respetarla, mimarla, porque es parte esencial del sistema-todo al que pertenecemos; es lo que llamo antropocentrismo sabio (N. M. Sosa).
En las ideologías que conciben al hombre como una parte del sistema natural, del todo, ello no supone que tal parte sea igual que las demás, o inferior a otras partes o al todo. La poderosa especie humana es diferente, y para ella el reconocimiento de esta evidencia es primordial; lo cual no presupone que por eso tenga que minusvalorar a las demás especies o al medio inanimado (antropotontismo) sino todo lo contrario: valorarlos en la justa medida que merecen como elementos de un sistema que hace posible su existencia y, gestionándolos adecuadamente, su calidad de vida (utilitarismo). Es el reconocimiento del hombre gestor. Es la pura realidad; el hombre tiene tales poderes que se ha convertido en gestor del Medio Natural, malo por cierto, pero gestor. El buen gestor -el cargo más conspicuo de la empresa o sistema- sabe que forma parte del mismo, y su prosperidad y felicidad dependen de su buena gestión, que procurará en beneficio del sistema del que forma parte, y por tanto del beneficio propio: antropocentrismo sabio.
Todo es cuestión de que hagamos prevalecer en nuestra mente el espíritu positivo y conciliador entre lo mejor de la Filosofía y de la Ciencia como una faceta más del antropocentrismo sabio. Buscar la controversia y jugar con el sofismo es puro antropotontismo que conduce al cultivo de facetas negativas de la mente y culmina en fanatismos miromelombligistas. El afán de notoriedad que impulsa la controversia es posible que sea un imperativo impuesto por la vía de nuestra evolución-selección en nuestro código genético (Hegel, Nietzsche Pinker). Es conveniente controlarlo, como la tendencia a modificar el medio natural.
Obsérvese que afirmaciones tan tajantes como "es bueno si beneficia al hombre y malo si le perjudica", pueden ser interpretadas de formas tendenciosas y erróneas, pero eso sí, por mentes esclerosadas, incapaces de distinguir el beneficio inmediato, con graves perjuicios para el Medio Natural, del beneficio sostenible que mejora las condiciones del mismo. Todo cuanto perjudique a la Naturaleza perjudicará al hombre; cuanto es bueno para aquella lo es para éste. Por lo tanto, cuidando a la primera, beneficiamos al segundo.
Es necesario establecer límites cuantitativos mediante una normativa, pues los cualitativos no son mensurables, por subjetivos. Es necesario partir de evidencias que, paradójicamente, desorientan a mentes ignorantes a la par que románticas y soñadoras. Por ejemplo: la Naturaleza, por mucho que los osados publicistas y los filósofos románticos lo ignoren, es hostil para el hombre, aunque éste sea capaz de modificarla y hacerla acogedora. La clave está en hacer bien las modificaciones, sin dañar; entendiendo por daño todo cuanto afecte a las cualidades básicas que rigen el funcionamiento del Sistema, que deben preservarse a toda costa; para lo que ineludiblemente habrá que cuantificar: ¿Cuántos árboles puedo talar sin aniquilar las funciones esenciales del bosque?. Funciones que a estas alturas son ya conocidas hasta por los párvulos.
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José Manuel Gómez Gutiérrez es Doctor en ciencias Químicas, Premio Nacional de Doctorado. Ayudante, Colaborador e Investigador Científico del C.S.I.C. Primer Catedrático de Ecología de la Universidad de Salamanca.