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MADRID 4 Feb. (EUROPA PRESS) -
Bilbao se ha consolidado en las últimas décadas como uno de los destinos más fascinantes de Europa para los amantes del arte contemporáneo. No solo gracias a su icónico Museo Guggenheim, diseñado por Frank Gehry y abierto en 1997, sino por una propuesta única: la ciudad misma funciona como un museo moderno al aire libre, donde esculturas monumentales de artistas internacionales de primer nivel dialogan con la arquitectura, la ría del Nervión y el tejido urbano renovado.
Esta transformación, impulsada por el 'Efecto Guggenheim', ha convertido zonas como Abandoibarra, el Ensanche y partes del Casco Viejo en un recorrido escultórico gratuito y permanente que complementa -y a veces eclipsa- las colecciones interiores de los museos.
Caminar por Bilbao hoy es transitar entre obras que combinan audacia formal, reflexión poética y una integración magistral con el paisaje industrial reconvertido.

EL EPICENTRO: EL GUGGENHEIM Y SU PLAZA EXTERIOR.
La visita inevitable comienza en la explanada del Museo Guggenheim Bilbao, donde varias piezas emblemáticas reciben al visitante antes incluso de cruzar la puerta.
Entre las piezas destaca el querido Puppy (1992), de Jeff Koons. Este colosal cachorro West Highland terrier de más de 12 metros de altura, cubierto por miles de flores vivas que se renuevan estacionalmente, es ya un símbolo indiscutible de la ciudad.
Construido en acero inoxidable con estructura interna que permite el crecimiento de plantas, Puppy mezcla ironía pop con ternura kitsch. Koons lo concibió como un monumento al sentimiento y al control (o su pérdida), y desde 1997 custodia la entrada del museo con una presencia alegre y desbordante que contrasta con la geometría titilante del edificio de titanio.
El turista también puede disfrutar de Maman (1999), de Louise Bourgeois. La gigantesca araña de bronce, acero y mármol (más de 9 metros de alto y 10 de ancho) se alza protectora junto al estanque del museo.

Representa a la madre --protectora, pero también amenazante--, con un saco de huevos de mármol bajo el abdomen. Bourgeois transforma un miedo ancestral en una figura maternal poderosa y vulnerable a la vez. Su ubicación junto a la ría la convierte en un faro orgánico y metálico que dialoga con el agua y el horizonte industrial.
Otra obra monumental es Tall Tree & The Eye (2009), de Anish Kapoor. Compuesta por 73 esferas de acero inoxidable dispuestas en tres ejes, esta obra crea un bosque de reflejos infinitos que distorsionan la realidad circundante: el museo, el cielo, los viandantes. Instalada en el estanque, evoca un árbol cósmico o una constelación caída, invitando a la contemplación sobre percepción, infinito y vacío. Kapoor juega con la ilusión óptica y la materialidad reflectante para que la pieza cambie constantemente según la luz y el ángulo.
Otras piezas notables en los alrededores incluyen la Fuente de Fuego (de Yves Klein o instalaciones temporales), Tulipanes de Jeff Koons (en la plaza cercana), y Niebla de Fujiko Nakaya, que envuelve ocasionalmente el área en bruma artística.
El 'museo al aire libre' no se limita a la zona del Guggenheim. Bilbao ha integrado esculturas en plazas, puentes y calles de forma orgánica.
En el Puente de La Salve y alrededores, las instalaciones lumínicas interactúan con el icónico puente rojo, mientras en el Casco Viejo y el Ensanche, piezas más discretas de artistas vascos e internacionales salpican el recorrido peatonal.

POR QUÉ RECORRERLO A PIE (Y CÓMO HACERLO)
Lo mejor de esta propuesta es su gratuidad y accesibilidad: no hay entradas ni horarios. Un paseo ideal de 2-3 horas parte del Guggenheim, cruza el Puente de La Salve, bordea la ría hacia el Casco Viejo y regresa por el Ensanche.
Al amanecer o atardecer, las luces y reflejos multiplican el impacto visual; en días de lluvia (frecuentes en Bilbao), las superficies metálicas y reflectantes adquieren un brillo especial.
Bilbao demuestra que el arte contemporáneo no necesita muros: puede habitar la calle, sorprender al paseante casual y convertirse en parte del paisaje cotidiano.
En una ciudad que ha pasado de ser industrial a referente cultural global, estas esculturas no solo decoran; narran la historia de una transformación urbana audaz y exitosa.
Un museo sin techo, abierto 24 horas, donde cada esquina puede ser una obra maestra. Bilbao invita a perderse entre gigantes de acero, flores y arañas protectoras, y descubrir que, a veces, las mejores exposiciones están justamente bajo el cielo vasco.