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Lejos de la imagen de la antigua "perrera", el Centro Municipal de Protección Animal de Zaragoza es el primer refugio para cientos de perros y gatos que llegan cada año tras perderse, ser abandonados o haber sufrido situaciones de maltrato. - EUROPA PRESS
ZARAGOZA 2 Ago. (EUROPA PRESS) -
Hay lugares que arrastran una imagen difícil de borrar. Durante décadas, muchas personas han hablado de 'la perrera' para referirse al Centro Municipal de Protección Animal de Zaragoza. Un nombre que todavía persiste en el imaginario colectivo y que, para quienes trabajan allí, poco tiene que ver con la realidad.
Detrás de las puertas del recinto no hay filas de animales esperando un destino incierto, sino veterinarios, auxiliares y operarios que dedican cada jornada a cuidar de perros, gatos y otras mascotas que han perdido a su familia, han sido abandonados o necesitan recuperarse de situaciones de maltrato. El objetivo no es custodiar animales, sino protegerlos hasta que puedan regresar con sus propietarios o empezar una nueva vida.
"Aquí recogemos animales que están desamparados, perdidos o en peligro, tratando de darles el mayor cuidado que está en nuestras manos y buscándoles, cuando es posible, una segunda oportunidad", ha resumido la veterinaria y responsable del centro, Alba López, en una entrevista concedida a Europa Press.
Actualmente, entre las instalaciones municipales y un segundo centro colaborador, conviven alrededor de 160 perros y entre 50 y 60 gatos, además de otros animales que llegan de forma puntual, como hurones, cobayas, conejos, aves o incluso gallos procedentes de decomisos. La cifra cambia prácticamente cada día: unos llegan, otros regresan con sus familias y otros encuentran un nuevo hogar.
UN LUGAR PARA RECUPERAR LA CONFIANZA
La mayoría de los animales cruzan la puerta del centro con algo en común: el miedo. Algunos aparecen desnutridos, con heridas o enfermedades que nunca han sido tratadas. Otros simplemente se han perdido y llegan limpios, bien alimentados e incluso con collar, esperando reencontrarse pronto con sus propietarios. Pero todos comparten el desconcierto de verse rodeados por personas desconocidas en un entorno nuevo.
Por eso, el primer paso no consiste únicamente en curar lesiones o proporcionar alimento. También hay que reconstruir la confianza. "No intentamos que nos hagan caso desde el primer momento. Necesitan su espacio y entender que somos alguien en quien pueden confiar", ha explicado López. Las rutinas diarias --las horas de comida, los paseos o las salidas a las zonas de recreo-- aportan estabilidad, mientras que el trabajo se basa en el refuerzo positivo, sin castigos ni violencia.
Antes de incorporarse al resto de animales, todos pasan por una cuarentena en la que son desparasitados, vacunados e identificados con microchip si no lo tienen. Superada esa fase, los veterinarios deciden si pueden convivir con otros perros o necesitan permanecer solos por su carácter.
Las instalaciones están diseñadas para ofrecerles bienestar durante su estancia. Los perros viven en naves climatizadas con cheniles individuales o compartidos, disponen de camas calefactables, comederos automáticos y acceso a un espacio exterior. Cada día salen por turnos a grandes 'campas' donde pueden correr, jugar y en el caso de algunos, relacionarse con otros animales. Los gatos cuentan también con una zona interior y otra al aire libre adaptada para favorecer la convivencia.
ADOPTAR NO ES LLEVARSE EL PRIMERO QUE GUSTA
Una vez transcurrido el plazo legal para que aparezca el propietario, los animales pasan a estar disponibles para adopción, siempre que los veterinarios consideren que están preparados para ello.
Sin embargo, encontrar una familia no consiste únicamente en que alguien quiera llevarse un perro a casa. El proceso comienza con un cuestionario en el que los interesados explican cómo viven, cuánto tiempo pasarán con el animal o qué experiencia tienen. Después llega una entrevista personal para valorar qué compañero encaja mejor en cada caso.
"Aquí queremos que salgan los perros, pero sobre todo queremos que no vuelvan a entrar", ha señalado la responsable del centro. Por eso, en ocasiones desaconsejan determinadas adopciones si consideran que el estilo de vida del solicitante no es compatible con las necesidades del animal. Un perro acostumbrado al campo, por ejemplo, puede sufrir un elevado nivel de estrés viviendo en pleno casco urbano.
Los cachorros y los perros de pequeño tamaño suelen encontrar familia rápidamente. Mucho más difícil lo tienen los animales catalogados legalmente como potencialmente peligrosos o los perros de gran tamaño, algunos de los cuales permanecen durante años esperando una oportunidad. Flappy, Vaquilla o Romo son algunos de los más veteranos del centro.
EL VERDADERO PROBLEMA EMPIEZA ANTES DEL ABANDONO
Para Alba López, el mayor desafío no está dentro del centro, sino fuera. Cada semana reciben varias llamadas de personas que quieren entregar a su mascota porque presenta problemas de comportamiento, ha crecido demasiado o ya no encaja en su vida. Detrás de muchos abandonos, asegura, existe una compra impulsiva y una falta de reflexión sobre la responsabilidad que implica convivir con un animal durante más de una década.
"La vida cambia mucho en 12 o 15 años. Puedes cambiar de trabajo, tener hijos o mudarte de casa, pero el animal sigue siendo tu responsabilidad", ha recordado. Antes de renunciar a una mascota, ha insistido, existen profesionales especializados en conducta animal capaces de solucionar muchos problemas que terminan desembocando en un abandono.
En este punto ha alertado sobre las modas. Razas como los 'border collie', los pastores belga malinois o, años atrás, los perros potencialmente peligrosos (PPP), llegaron a muchos hogares sin que sus propietarios conocieran realmente sus necesidades, lo que ha provocado un aumento de ejemplares de estas características en el centro.
Durante el verano, el problema cambia de rostro. En los perros no aumenta especialmente el abandono, pero sí disminuyen las adopciones porque muchas familias aplazan la decisión hasta después de las vacaciones. En los gatos, sin embargo, sí se registra un incremento de ingresos, muchas veces provocado porque se escapan a través de ventanas abiertas y por la ausencia de microhip, que dificulta localizar a sus propietarios. Por eso, desde el centro hacen un llamamiento a identificar correctamente a las mascotas y contactar con el servicio municipal en cuanto desaparezcan.
Porque, detrás de cada chenil, no hay una condena. Hay una historia interrumpida esperando a volver a empezar. Y mientras llega esa segunda oportunidad, el trabajo diario del Centro Municipal de Protección Animal consiste precisamente en eso: cuidar, recuperar y devolver la confianza a quienes un día la perdieron.