El abandono rural, un factor que convierte el territorio en "una mecha forestal ininterrumpida" para los incendios

La geografía del fuego defiende el 'mosaico paisajístico', un espacio con diversos usos y coberturas distribuidos de manera heterogénea

Descripción infográfica de los paisajes homogéneo y mosaico realitzada por el investigador de la UV J. Berenguer Sala.
Descripción infográfica de los paisajes homogéneo y mosaico realitzada por el investigador de la UV J. Berenguer Sala. - J. BERENGUER SALA/REMITIDA UV
Europa Press C. Valenciana
Publicado: miércoles, 29 julio 2026 18:25

   VALÈNCIA, 29 Jul. (EUROPA PRESS) -

   El geógrafo de la Universitat de València (UV) Javier Berenguer advierte que el abandono rural convierte el territorio en "una mecha forestal ininterrumpida" y "dispara el riesgo" en la frontera entre las zonas habitadas y el monte.

   Son las nueve de la mañana de un día cualquiera de agosto y, antes del café, ya ha ocurrido el gesto: el móvil, el icono naranja o rojo de la Aemet, el vistazo rápido al mapa de avisos por riesgo de incendio. Miramos el termómetro y el viento, y con eso creemos entender el peligro. Pero ese mapa esconde una pregunta más incómoda que la temperatura: ¿por qué hay comarcas enteras convertidas en pólvora desde hace décadas, aunque ese día concreto no haga especial calor? Para responderla hay que coger un mapa: usos del suelo, pendientes, núcleos de población, imágenes de satélite de hace setenta años superpuestas a las de hoy.

   Ese es el trabajo de Javier Berenguer Sala, investigador del Departamento de Geografía de la Universitat de València, especializado en análisis territorial y riesgo. Su disciplina --la geografía del fuego-- explica por qué una misma ola de calor puede tener consecuencias muy distintas según el territorio que encuentre a su paso.

   "Las condiciones ambientales del momento juegan un papel crucial, pero no son suficientes por sí solas para explicar el riesgo de incendio al completo", expone Berenguer. La amenaza depende también de cómo está organizado el territorio: la continuidad de la vegetación, el abandono agrícola, la acumulación de biomasa, las viviendas dispersas, la accesibilidad para los equipos de extinción. El calor enciende la mecha; la geografía decide si esa mecha recorre dos metros o dos mil hectáreas.

   Quien compare la cartografía valenciana de mediados del siglo XX con la actual no está mirando el mismo territorio. "El abandono paulatino de numerosos cultivos ha ocasionado la colonización progresiva de las parcelas por matorrales y arbolado, conectándolas con las masas forestales próximas", describe el investigador. Donde antes había bancales, huertos y caminos transitados --una alternancia de usos que interrumpía el avance del fuego-- hoy hay una superficie homogénea y continua. Es lo que en esta serie se conoce como una mecha forestal ininterrumpida: capaz de conducir el fuego durante kilómetros sin que nada lo frene", explica el especialista.

   ¿Es la despoblación la culpable directa? Berenguer matiza: "No podemos hablar de una causalidad automática y directa entre la despoblación y los grandes incendios modernos". El éxodo rural retira a quienes mantenían el territorio abierto, lo que deja más biomasa acumulada y menos vigilancia local, pero la severidad final depende también de la meteorología, la topografía y la gestión forestal. "La despoblación no provoca directamente los incendios, pero sí puede generar territorios más vulnerables a ellos", sentencia.

ESCUDO VERDE

   Frente a ese paisaje homogéneo, la geografía del fuego defiende el mosaico paisajístico, es decir, "un territorio compuesto por diversos usos y coberturas --como cultivos, pastos, bosques, matorrales, núcleos habitados y espacios abiertos-- distribuidos de manera heterogénea", resume Berenguer.

   Esa diversidad "introduce discontinuidades en el combustible disponible", lo que reduce la velocidad y la intensidad con la que el fuego puede propagarse. Un bancal cultivado, un pasto o un camino mantenido actúan como un cortafuegos vivo: la actividad rural sostenida no es un anexo del paisaje, es infraestructura de protección civil.

   Esto no significa que el monte deba quedar "limpio". Uno de los mitos que más urge desmontar, apunta el investigador de la Universitat, es precisamente ese, ya que "hay diferencias entre eliminar vegetación y gestionar la vegetación".

   El otro "bulo recurrente" --que los incendios se provocan para recalificar y urbanizar terrenos quemados-- es, en sus palabras, "una explicación fácil, sencilla, rápida y simple para un problema mucho más complejo".

   En el Departamento de Geografía de la UV, ese análisis se hace con Sistemas de Información Geográfica (SIG) y observación por satélite, cruzando vegetación, humedad, pendiente, vientos, proximidad a carreteras y viviendas, líneas eléctricas e incendios anteriores.

   "Las imágenes de satélite permiten observar el estado de la vegetación mediante índices como el NDVI (Índice de vegetación de diferencia normalizada) y detectar cambios en el territorio", detalla Berenguer. Con ello, su equipo elabora mapas de peligrosidad y vulnerabilidad que identifican, antes de la primera chispa, qué comarcas concentran mayor combustible y dónde priorizar la prevención.

   Esa ciencia converge en un punto muy poco cartografiado en la conciencia colectiva: la frontera entre las zonas habitadas y el monte, que en la Comunitat Valenciana se ha vuelto especialmente difusa por las urbanizaciones dentro del bosque. "Las viviendas, las infraestructuras y la vegetación combustible interactúan muy próximas entre sí", señala Berenguer. El problema no es solo que el fuego alcance más viviendas: su sola presencia obliga a priorizar la protección de personas y bienes, "lo que puede limitar las operaciones directas de extinción del frente real del incendio".

   Y en esa frontera, la responsabilidad se vuelve doméstica. Muchos incendios están relacionados con comportamientos cotidianos aparentemente menores: una colilla mal apagada, maquinaria que produce chispas, un vehículo aparcado sobre hierba seca, una barbacoa en lugar no autorizado. "Es importante que absolutamente todo el mundo respete las restricciones en jornadas de riesgo extremo y conozca las vías de evacuación", insiste.

   Tampoco el impacto se mide solo en hectáreas quemadas. Berenguer recuerda que hay que mirar el tipo de vegetación afectada, su capacidad de regeneración y la pendiente del terreno --una ladera pronunciada puede desencadenar erosión severa con las primeras lluvias--. Y añade un matiz que la geografía del fuego no quiere perder: en el bosque mediterráneo el fuego de origen natural forma parte de su dinámica ecológica; el problema no es el fuego en sí, sino la escala y la frecuencia con que hoy lo provocamos.

HABLAR DE INCENDIOS EN INVIERNO

   El reto final, subraya este experto, es de calendario: "Debemos dejar de tratar los incendios como acontecimientos exclusivamente estivales". El invierno y la primavera son "los periodos perfectos para gestionar la vegetación, mantener caminos, revisar planes de evacuación, formar a la población". A eso suma una tarea pendiente: incorporar el riesgo de incendio a la planificación urbanística de manera "clara, evidente y vinculante", en lugar de descubrirlo cuando ya arde.

   La próxima vez que el móvil marque riesgo extremo, quizá valga la pena mirar más allá del número rojo. Detrás hay un mapa escrito a lo largo de setenta años de bancales abandonados y decisiones de planificación tomadas -o no- muy lejos del monte. Reconstruir el mosaico empieza mucho antes de julio y termina mucho más cerca de casa de lo que pensamos: en esa frontera, difusa pero real, donde vivimos y donde empieza el monte, concluye.

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