Crítica de 'El silencio de la ciudad blanca': Corre Kraken, corre

Publicado 25/10/2019 11:56:17CET
Javier Rey en El silencio de la ciudad blanca
Javier Rey en El silencio de la ciudad blanca - ATRESMEDIA /DEAPLANETA

    MADRID, 25 Oct. (EUROPA PRESS - Israel Arias) -

   Pocas veces la belleza de Vitoria ha sido atrapada con el hipnótico esplendor que consigue darle la fotografía de Josu Inchaustegui en 'El silencio de la ciudad blanca', adaptación cinematográfica del archiconocido libro de Eva García Sáenz de Urturi, que dirige, con su vigor habitual, Daniel Calparsoro.

   Un pomposo asesino en serie que vuelve a las andadas tras décadas de inactividad y sus macabros crímenes rituales que están íntimamente conectados con la historia y las leyendas de la ciudad son los ingredientes fundamentales de este thriller que, de nuevo al abrigo del fenómeno editorial, aspira a abrirse camino en taquilla para, a poco que el público responda, iniciar como ya hizo la Trilogía del Baztán una saga que completarán 'Los ritos del agua' y 'Los señores del tiempo', los otros dos 'best seller' que componen esta Trilogía de la Ciudad Blanca.

   Javier Rey, Belén Rueda y Aura Garrido encabezan el reparto de una adaptación que, en su afán por imprimir ritmo al relato cinematográfico, utiliza la elipsis de forma caprichosa -por momentos pareciera que lo hace aleatoriamente- provocando no pocos descubiertos en una trama que avanza casi siempre a la carrera. Literalmente. De hecho, hay un tramo del filme en el que, por obra y gracia del accidentado montaje, en lugar de a 'Kraken' Javier Rey parece estar interpretando a Forrest Gump. Corre que te corre. Secuencia tras secuencia.

   Pero el gran problema de 'El silencio de la ciudad blanca' es que, mientras los tres arquetípicos policías van topándose con más y más cadáveres cargados de simbología y arabescos ubicados en los rincones de una Vitoria cautivadora, en su salto del papel a la pantalla la historia pierde consistencia y va dejando atrás demasiados cabos sueltos y personajes desdibujados.

   Y es que, más allá de su muy conseguida atmósfera y su puesta en escena -un disfrutable despliegue audiovisual al que, junto a la excelsa fotografía de Inchaustegui y la potencia de Calparsoro, contribuye decisivamente la música de Fernando Velázquez- hay poco más que rescatar en un thriller digno pero olvidable en el que los ecos ancestrales y el misticismo de la historia original quedan diluidos casi por completo.

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