Muse en Madrid: El último dinosaurio

Actualizado 27/07/2019 13:51:46 CET
Concierto de Muse en Estadio Wanda Metropolitano de Madrid
Concierto de Muse en Estadio Wanda Metropolitano de Madrid - RICARDO RUBIO

MADRID, 27 Jul. (EUROPA PRESS - David Gallardo) -

De la misma manera que se extinguieron los dinosaurios, se extinguirán las bandas de rock de estadio tal y como las conocemos. Será por la colisión de un asteroide fatal contra el planeta Tierra o será porque se le caiga un gran pedrolo en la cabeza a Matthew Bellamy. Pero después de Muse no habrá más.

Porque la megalómana y faraónica banda británica es la última de su estirpe. Su barroca pomposidad pertenece a una era que se agota por el imparable paso de los años. Pero mientras eso pasa, el trío de Devon se divierte buscando los límites de ese rock para las masas que en la noche de este viernes congregó a 55.000 personas en el último gran concierto de la temporada en el Wanda Metropolitano de Madrid, y el final de la gira europea del grupo hasta septiembre.

Porque todo es excesivo en Muse. No es algo nuevo, es la marca de la casa. Siguen los pasos de otros grandes dinosaurios tratando de transitar su propia senda. Miliciana y casi diríase que fascista ya desde el primer instante, cuando el vocalista-guitarrista-pianista-líder de 41 años surge desde el suelo flanqueado por un grupo de bailarines con cascos a lo Daft Punk.

La versión orquestal de 'Algorithm' sirve de egregia banda sonora para la aparición de Bellamy quien, ataviado con sus gafas retrofuturistas, conduce un recital decididamente rock con las recientes - y más flojeras - 'Pressure' y 'Break It To Me' y las añejas - y más recias - 'Psycho' y sobre todo 'Uprising'. Riffs de guitarras contundentes, el público poniendo de su parte y el montaje desmesurado -como procede- avasallando.

Aquello que hace casi medio siglo inventaron Pink Floyd adquiere en la noche madrileña un tamaño que aplasta por excesivo. La gran pantalla consigue que hasta los del gallinero se sientan dentro mientras abajo, en el escenario, Bellamy, Dominic Howard (batería) y Christopher Wolstenholme (bajo) parten el estadio en dos con la épica guitarrera de 'Plug in Baby'.

Parece haber un curioso consenso en admitir que la etapa clásica de Muse quedó atrás en alguna parada del camino. Decidir dónde es el problema. Sin embargo, las canciones de su más reciente entrega, Simulation Theory, encajan bien en un repertorio que pica aquí y allá -aunque olvida en demasía sus dos primeras obras-. 'Propaganda', 'The Dark Side' y 'Thought Contagion' no alcanzan la excelencia ni de lejos, pero lucen bien en vivo junto a 'Supermassive Black Hole' o 'Hysteria' -con el clásico final del 'Back in Black' de AC/DC-.

Suda la camiseta Muse mientras su napoleónico líder se pasea luciendo galones por la pasarela que se adentra hasta el mismísimo centro del estadio. Se defiende bien también Bellamy sin la guitarra en plan jefe de la secta. Y cuando se sienta al piano en esa versión desnuda de 'Dig Down' también surge algo diferente a todo lo anterior. Como ese robot gigante llamado Murph que surge de la nada y que parece comerse todo el escenario. Ese es el carrusel que nunca puede detenerse y que no debe dar siempre la misma vuelta porque termina aburriendo.

Clásicos como 'Madness', 'Time Is Running Out' y 'Starlight' cierran un recital al que aún le quedan balas como la versión completa de 'Algorithm' y el medley desencadenado casi de heavy metal que incluye 'Stockholm Syndrome', 'Assassin', 'Reapers', 'The Handler' y 'New Born'. Para rematar la faena, Dominic Howard con la camiseta del Atlético de Madrid y toda la grandilocuencia que puede caber en un himno como 'Knights of Cydonia', ya de por sí abiertamente grandilocuente.

Algo más de dos horas para redefinir el rock de estadio. Porque eso hace Muse cada noche a base de lanzar estímulos hacia las multitudes. Y detrás de ellos no viene nadie jugando a esto. Aunque, eso sí, visto lo visto, aún queda tiempo para que ellos se sigan divirtiendo... Hasta que llegue ese gran asteroide que nos fulmine a todos, o a Matthew Bellamy le caiga la mencionada pedrada en la cabeza. Bien podría ser ese su próximo truco.

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