Historia de los Juegos (II): De Amberes 1920 a Los Angeles 1932

Amberes 1920, plata española en fútbol.

Europa Press Deportes
Actualizado: lunes, 4 agosto 2008 15:37

MADRID, 4 Ago. (EUROPA PRESS) -

Los Juegos de la VII Olimpiada suponen la reanudación de la marcha olímpica tras la I Guerra Mundial, y resultaron muy austeros ya que Bélgica había sufrido de forma especial las dramáticas consecuencias del conflicto bélico.

Faltando a los principios fundamentales de la filosofía olímpica y en contra de la opinión de Coubertin, no fueron invitados Alemania, Austria, Turquía, Bulgaria ni Polonia. También fue excluida la Unión Soviética.

La participación en Amberes marca un nuevo récord, al tomar parte 2.591 atletas pertenecientes a 29 países. Una de las novedades fue la presentación de la bandera olímpica con sus cinco anillos de colores entrelazados sobre fondo blanco, ideada personalmente por Pierre de Coubertin, y el juramento olímpico.

España hizo su debut oficial enviando 67 deportistas de atletismo, tenis, natación, tiro, polo y fútbol. El éxito coronó la expedición obteniendo dos segundos puestos en las dos especialidades de deporte por equipos, y en la de fútbol surgió la leyenda de la 'furia española' con la frase de Belauste 'Sabino, a mí el pelotón que los arrollo', pronunciada en el accidentado encuentro contra Suecia, a la que se eliminó en las semifinales.

La estrella de los Juegos fue el atleta finlandés Paavo Nurmi, que ganó tres medallas de oro en 10.000 metros, y en 'cross-country', individual y por equipos.

PARIS 1924: TARZÁN, LA ESTRELLA.

Amsterdam iba a ser la sede olímpica de 1924, hasta que Coubertin convenció al COI para dar una nueva oportunidad a París, después del fiasco de 1900. Esta vez, los franceses se propusieron organizar la VIII edición de los Juegos, en el trigésimo aniversario de su restauración, con el máximo rigor y empeño.

Así, construyeron el estadio de Colombes, con un campo de fútbol y capacidad para más de 60.000 personas. Además se levantó la primera villa olímpica (en la realidad, un conjunto de cabañas), para alojar a los atletas. Puede decirse que los Juegos Olímpicos de París fueron todo un éxito, ya que el pueblo francés se volcó con este gran acontecimiento deportivo, alcanzándose una cifra récord de asistencia.

La estrella fue el nadador estadounidense Johnny Weismüller, que en el futuro encarnaría en el cine al conocido Tarzán. Su extrema rapidez en el agua le llevó a lograr, con tan sólo veinte años, tres medallas de oro en París, convirtiendo la natación en creciente punto de atención. En 1922, había conseguido romper, por primera vez, la barrera del minuto en los 100 metros.

Además, el finlandés Paavo Nurmi, ganador de tres oros en Amberes, logró cinco medallas de oro en la edición parisina, y se ganó la admiración de un público fascinado al ver cómo triunfaba en los 1.500 y los 5.000 metros con una diferencia de tan sólo una hora entre una y otra prueba, para después imponerse en la prueba de los 10.000 metros campo a través (individual y equipos) y los 3.000 metros por equipos.

En cuanto a la participación española, las esperanzas estaban puestas en la selección de fútbol. Su participación olímpica fue corta, al marcar el defensa Vallana un gol en propia puerta, dando la victoria a Italia en el primer partido de la competición.

No obstante, Lilí Álvarez, pionera del tenis femenino español, consiguió hacerse con la cuarta posición en la categoría femenina de tenis. La edición olímpica de París fue la última en incluir el tenis entre sus pruebas, que pasó a convertirse en deporte de exhibición.

En la clausura de los Juegos, Coubertin anunció su retirada, tras treinta años como presidente del Comité Olímpico Internacional, al considerar que había cumplido su misión de restauración olímpica, si bien permaneció como miembro del Comité hasta su muerte en 1937.

AMSTERDAM 1928: PRIMER ORO ESPAÑOL.

Los Juegos de Amsterdam vivieron la despedida oficial del barón de Coubertin y la llegada del conde Henri de Baillet-Latour como nuevo presidente del COI. Gracias a éste último, el deporte olímpico dio un giro de ciento ochenta grados, al admitir a las mujeres en varias de las pruebas de atletismo. Los novenos Juegos de la era moderna gozaron del apoyo del pueblo holandés, a pesar de su puritanismo.

Amsterdam dio de nuevo la bienvenida a Alemania, vetada durante dieciséis años por el desastre de la Primera Guerra Mundial. Para España también fueron unos Juegos especiales, por ser los primeros en los que se consiguió una medalla de oro. Fue en hípica, uno de los nueve deportes en los que participaba la armada española.

El equipo español de hípica, formado por los capitanes de caballería José Navarro Moréns, Julio García Fernández y José Álvarez de las Asturias, Marqués de los Trujillos, fue el artífice de la primera medalla de oro olímpica conseguida por España en el último día de competición.

En estos Juegos, la llama olímpica hizo su aparición por primera vez. Fue encendida en Olimpia y transportada a través de Grecia, Austria, Alemania y Holanda, como "símbolo de la unión de la juventud del mundo". Desde entonces, se ha convertido en elemento imprescindible de los Juegos Olímpicos.

En cuanto a los deportistas más destacados, el finlandés Paavo Nurmi se llevó a Finlandia su novena y última medalla de oro al imponerse en los 10.000 metros. En gimnasia, George Miez consiguió tres de las medallas de oro para el equipo suizo, al vencer en barra fija, en el concurso individual y por equipos.

LOS ANGELES 1932: MAS DE UN MILLON DE ESPECTADORES.

Estados Unidos, al igual que Francia, recibió una nueva oportunidad para acoger, esta vez de forma organizada, unos Juegos Olímpicos. Sin embargo, la tensión internacional por la expansión del fascismo y el desastre mundial por el 'crack' de 1929, convertían el ambiente en el menos propicio para celebrar un acontecimiento como éste.

Un mecenas llamado William F. Garland, puso ganas y mucho dinero para preparar los Juegos de 1932. A él se debe, por ejemplo, la construcción del impresionante estadio olímpico Memorial Coliseum, que en 1984 volvería a albergar unos Juegos. Su esfuerzo se vio recompensado con el enorme éxito, no sólo deportivo sino también de público (con más de un millón de espectadores) y, sobre todo, de dinero, recaudando la organización casi 1,5 millones de dólares.

El mayor inconveniente fue su situación alejada de Europa, lo que redujo el número de participantes, como ya ocurriera en la de San Luis. Con todo ello, se batieron cuarenta récords olímpicos y dieciséis marcas mundiales.

Las mujeres se hicieron un hueco importante en el panorama olímpico de los años treinta. Un total de 127 féminas participaron en los Juegos, demostrando su capacidad deportiva en diversas pruebas.

Una de las estrellas fue la nadadora Eleanor Holm, que se alzó con la medalla de oro en los 100 metros espalda, batiendo el récord del mundo.

El atletismo siguió reinando entre todos los deportes olímpicos, pero empezó a competir con la natación, cada vez más atractiva para el público, gracias a personajes como Johnny Weissmüller, que repitió oro en los 100 metros. La norteamericana Helen Madison se impuso en las pruebas de 100 y 400 metros libres femeninos.

España sólo tuvo seis representantes: cinco tiradores y el regatista Santiago Amat, que a sus 45 años logró la medalla de bronce en la modalidad. El tirador José González Delgado fue cuarto en pistola en blanco de 25 metros.

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