"El clima de Europa". Por Cristina García-Orcoyen, directora de la Fundación Entorno

Europa Press Sociedad
Actualizado: miércoles, 27 enero 2010 19:55

MADRID, 27 Ene. (EUROPA PRESS) -

Parece que la resaca de la Cumbre del Clima en Copenhague se empieza a diluir al mismo ritmo que la de los festejos navideños. Cientos de delegados, periodistas, expertos, ONG y otras tantas tribus de implicados en el tema concentrados en la ciudad de la sirenita volvieron a sus casas con el deber cumplido de haber estado AHÍ; aunque ahí realmente sobraron casi todos los que estuvieron y faltaron algunos que se quedaron en casa: me refiero a los ministros de finanzas, quienes, junto a los jefes de gobierno o estado, son los únicos que pueden dar una respuesta válida a los problemas planteados por el cambio climático.

El mayor de estos problemas en las actuales negociaciones es que la UE ha tratado de regular indirectamente el crecimiento económico mediante acuerdos vinculantes sobre el techo de las emisiones de carbono. Esto, en un mundo con gigantescas diferencias en los niveles y calidad de vida, y en el que los países en desarrollo están centrados en el alivio de la pobreza, es sencillamente un pasaporte al fracaso.

A ello contribuye también el hecho de que los contaminadores de ayer, de hoy y de mañana, no son ni serán los mismos.

El dilema es de equidad. Quiénes tienen los derechos sobre qué recursos, quiénes son responsables de qué contaminantes, y quiénes han de pagar qué, son cuestiones que no pueden ser resueltas en una negociación global sólo por los ministros de medio ambiente; por mucho que luego, durante 48 horas, se esfuercen los jefes de estado/gobierno en llegar a acuerdos.

El error se repite año tras año, década tras década. Desde el famoso Informe Brundland, estamos enviando solos a nuestros ministros de medio ambiente, como los máximos representantes de los países, porque seguimos pensando que el cambio climático es una cuestión ambiental. Nos equivocamos: el cambio climático tiene graves consecuencias ambientales, pero es primariamente un problema económico que trata de cómo compartimos y repartimos costes y beneficios de forma aceptable entre cada uno de los implicados.

La comunidad científica y las autoridades ambientales han hecho un gran trabajo: sacar a la luz la gravedad del cambio climático poniendo sobre el tapete la necesidad de abordar esta cuestión desde todas las instancias posibles, sociales y políticas, pero hemos llegado a un punto en el que se hace imprescindible la implicación de las máximas autoridades nacionales y comunitarias en materia de economía y finanzas.

Las Cumbres de las Naciones Unidas sobre cambio climático convocan a científicos y ministros de medio ambiente, para que traten de resolver un problema de recursos y de distribución económica, que solo puede ser resuelto en última instancia por los ministros de Economía y Finanzas.

El mundo que se nos viene encima es un mundo constreñido por la contaminación y los recursos escasos.

El crecimiento será nuestro "driver" más próximo, con cifras superiores al 50% de más seres en este planeta en los próximos 40 años, con la inercia resistente al cambio en los procesos políticos, el comportamiento de los ciudadanos tendente a un mayor consumo y la necesidad de renovación de nuestro capital social.

En este contexto, el movimiento hacia actitudes más eficientes y poco contaminantes será lento y complicado, a pesar de que la escasez de recursos nos avise del riesgo de desestabilización económica y social.

Por ello necesitamos que las negociaciones internacionales se abran al máximo nivel de competencia económica y financiera. El debate y las medidas a tomar rebasan con mucho las competencias de los ministros de medio ambiente, quienes se ven impotentes para dar respuesta a los retos económicos que plantean las decisiones a tomar.

Se apunta a la próxima reunión de México en 2010 como el momento en el que se podría llegar a acuerdos concretos vinculantes. Pues bien, si es así, no podemos perder otra oportunidad. O se planifica la Cumbre y sus participantes de forma diferente o volveremos a fracasar y las consecuencias serán graves.

En esta próxima Cumbre se habrían de cerrar acuerdos en varios frentes. El primero en el campo de la energía, donde habrá que centrarse en la eficiencia de los recursos disponibles.

El segundo sería el establecimiento de un sistema de precios correcto, que supone la eliminación de los subsidios, un precio global para el carbón en un mercado global de carbono, y la dotación de valor a los sumideros naturales de carbón. El tercero, el desarrollo de regulación donde los mecanismos de mercado no son suficientemente fuertes para cambiar las costumbres y los patrones de inversión, como por ejemplo en la edificación o el transporte.

Los países deberían prepararse para hacer Planes Nacionales de Acción, basados en principios comunes, con un número limitado de Indicadores Clave, como el de intensidad energética, intensidad de carbón, bosques o cambios en el uso de la tierra, que contengan además hojas de ruta sectoriales para la tecnología, la energía y la intensidad de carbono.

Por último, la Cumbre de México debería ser capaz de tranquilizar a las empresas dándoles algo que llevan pidiendo a gritos durante los últimos años: señales claras, creíbles y a largo plazo a los inversores y entidades de crédito, que les proporcionen la suficiente seguridad para evaluar los riesgos y la probabilidad de obtener un retorno aceptable para sus inversiones.

La Unión Europea ha sido ninguneada en la Cumbre de Copenhague por países con mucha menos solera y compromiso en materia de cambio climático, pero de incuestionable potencia económica e influencia política a nivel global.

A la Presidencia Española le toca ahora trabajar para restablecer el liderazgo del Viejo Continente de cara a la próxima cita. Veremos, si, estando ahora entre los últimos de la clase, seremos capaces de reinventarnos y conseguir salvar a la Unión Europea de un nuevo fiasco.

Cristina García-Orcoyen es directora de la Fundación Entorno.

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