Desde la resolución de la ONU (1970), donde se estableció la necesidad de que se destine el 0,7% del PIB al desarrollo humano sostenible de los países empobrecidos han pasado varios lustros y los Estados, han sido incapaces de establecer estrategias políticas eficaces para terminar con el hambre y las desigualdades estructurales de millones de personas.
Los problemas siguen siendo los mismos pero agudizados: pobreza extrema, hambre, guerras, impacto de la deuda externa, deterioro del medioambiente, violación de los derechos humanos, situación de exclusión de la infancia y la mujer...
A esta extensa y conocida lista se agregan otras problemáticas como la brecha del conocimiento, que profundiza las asimetrías en el acceso, creación y uso de las nuevas tecnologías; deslocalización del capital, que debilita el tejido social de la comunidad que abandona y se aprovecha de la mano de obra barata en la sociedad donde se asienta; migraciones forzadas, ya sean éstas de índole económico, político, o religiosas, y precariedad laboral entre otras tantas.
A lo largo de estos años los movimientos sociales y organizaciones que trabajamos en el ámbito de la cooperación para el desarrollo hemos llevado adelante campañas, constituido plataformas, realizado propuestas y sumado nuestro trabajo para la mejora de las condiciones de vida de nuestras sociedades con el objetivo de actuar sobre las causas generadoras de los problemas.
Este diálogo e interacción permanente con la realidad nos transforma en actores fundamentales a la hora de intervenir responsablemente, acumular experiencia, como así también, poseer la legitimidad para demandar recursos y dar respuestas concretas.
En este sentido constatamos que las respuestas de las distintas administraciones a las problemáticas globales han mejorado pero no son suficientes. Esta actitud atraviesa horizontalmente al conjunto de partidos y pone sobre la mesa una discusión mucho más amplia acerca de los modos de concebir la praxis política.
Muchos analistas hablan de la banalización de la política, el descrédito o la enorme distancia que existe entre los ciudadanos y sus representantes, como motivos de la apatía o la baja participación. Este diagnóstico ya conocido por todos debe alertar a partidos y candidatos para que trabajen con un renovado espíritu de compromiso por el bienestar común. Revertir este proceso de descrédito de la política se hará con acciones y recursos o no se hará.
La respuesta a esta situación demanda trabajar en el afianzamiento de los valores de la cooperación como son la solidaridad, la no dependencia, la sostenibilidad, el respeto a los derechos humanos, la participación y la inclusión social.
Ante esta situación demandamos que las administraciones asuman como objetivos políticos estratégicos necesarios e impostergables:
- Renovar la voluntad, el compromiso y la responsabilidad de nuestros representantes asumiendo como un objetivo estratégico la asignación del 0,7% del PIB a la Cooperación para el Desarrollo.
- Reducir el presupuesto en gastos militares y destinar estas reservas a la solución de la crisis alimentaria que padecen 800 millones de personas en todo el mundo.
- Condonar la Deuda Externa como requisito imprescindible para que los países empobrecidos puedan romper el círculo de dependencia con los organismos financieros internacionales y así poder invertir en planes sociales.
- Trabajar para cambiar los términos del comercio internacional de forma que se pueda limitar el proteccionismo de los países desarrollados y de esta forma posibilitar la competencia de los productos de los países subdesarrollados, velando a su vez, para que las empresas multinacionales cumplan los tratados internacionales en materia de medio ambiente y trabajo.
- En definitiva, demandamos un compromiso de todos los gobernantes para que se cumplan los Objetivos del Milenio.
En pleno siglo XXI es paradójico que con el desarrollo de las nuevas tecnologías y el avance del conocimiento científico, una inmensa mayoría de seres humanos sobrevivan en un estado de exclusión pautado por el hambre, las enfermedades y la dificultad de acceso al agua y a la vivienda digna.
Lograr los objetivos antes mencionados no es solo una cuestión de asignar recursos sino ante todo un compromiso con la vida, un cambio de actitud de cada persona que haga ver a nuestros gobernantes que es posible otra forma de vida que permita un desarrollo justo para los países más desfavorecidos.
José Miguel Esquembre Menor.
Presidente de Arquitectos Sin Fronteras.