Cada vez son más las familias que denuncian las agresiones de los hijos a los padres. Este escenario ha llegado a ser bautizado con el nombre de menores con el 'síndrome del Emperador'. Muestran comportamientos agresivos en el domicilio familiar, agreden y roban a sus padres y además, quedan impunes.
Lo cierto es que nos encontramos con menores que cometen pequeños delitos y son agresivos, pero que por unos motivos u otros no encuentran una respuesta por parte de la sociedad. Los padres deben saber cómo es un adolescente, cómo es su manera de comportarse y, especialmente, no sacar de contexto determinadas forma de actuar y/o de ser dejándose llevar por falsos alarmismos.
En este sentido, debemos saber que un adolescente de entre 13-15 años tiene dificultades para controlar sus emociones. Suele ser caprichoso e impredecible y puede tener estallidos de ira. El éxito con los amigos es un punto crucial en estas edades y todo debe ser inmediato, careciendo de perspectiva a largo plazo.
En esta edad es comprensible, por tanto, que utilice el rechazo, el 'negativismo y oposicionismo' sistemático como forma de autoafirmarse. A partir de los 16 años la sublevación y la rebeldía son la expresión del paso a la vida adulta. El grupo de iguales continúa siendo más relevante y la personalidad se afianza, lo que hace que pueda enfrentarse a los adultos con mayor raciocinio. Todo esto unido a un momento de continuo cambio para el menor, incluido físico.
Es una etapa que puede considerarse traumática. Cuando el menor entra en una vorágine de situaciones conflictivas, descontroladas y agresivas es cuando nos encontramos ante una problemática que se escapa de la propia respuesta que puede ofrecer la familia y que requiere, indudablemente de instituciones y respuestas profesionales.
Además comienzan a surgir sentimientos de impotencia, culpabilidad y frustración como padres (¿qué hemos hecho mal?). Desde las familias siempre se pueden hacer cosas importantes: desde las primeras etapas de vida de nuestros hijos debemos dar pautas sencillas y claras, que deben ser compartidas por ambos padres. No hay nada peor que los mensajes contradictorios, aquello del 'poli bueno' y 'poli malo' o la amenaza de "se lo digo a tu padre".
También es importante que los hijos sepan que el control es de los adultos: si se decide una cosa debe mantenerse hasta el final, sin negociar.
También hay que valorar lo positivo que hagan nuestros hijos. El castigo debe ser el último de los recursos, pero en caso de decidirlo éstos no son negociables. Finalmente, denunciar el caso: esto no significa que seamos malos padres. Todo lo contrario. Queremos tanto a nuestros hijos que somos capaces de ceder nuestra patria potestad para que tengan la intervención que necesitan y que desde casa no podemos ofrecerles.
En los momentos más críticos, en los que el menor se muestra agresivo verbalmente y puede ser agresivo físicamente debemos saber que la forma de actuar debe seguir un orden claro: contención verbal - contención física - otros medios.
La contención verbal consiste en tratar de dialogar con el menor, sin elevar el tono de voz. No es un momento de negociación, sino de calmar, de explicar. En caso de fracasar esta intervención se debe sujetar al menor. Antes de este tipo de contención se deben ofrecer alternativas al menor: una ducha, medicación indicada por el clínico que lleve el caso, o invitar al menor a salir de un espacio, evitando inicialmente tocarle (eso puede interpretarlo el menor como una provocación).
Antes de realizar una contención física debemos avisar al menor y explicarle porque tomamos esa decisión. Cuando fracasan las anteriores quizá sea el momento de pedir ayuda a agentes externos. No hay que tener miedo de solicitar esta ayuda, aunque hay que saber que debe ser el último de los recursos ya que quita autoridad a la familia y puede reforzar la conducta no deseada en el menor.
Rebeca López Marco es psicóloga de la Fundación O' Belén. Está especializada en la atención a familias con hijos con trastorno de comportamiento y es educadora en centro de menores en Guadalajara.
Ricardo Fernández Sánchez es licenciado en psicopedagogía y diplomado en Educación Primaria por la Universidad Complutense. Cursó un Máster en Dirección y Gestión de Bienestar Social y Servicios Sociales en la Universidad de Alcalá de Henares y actualmente es director del Área de Centros Terapéuticos de la Fundación O' Belén.