El investigador sénior de la Universidad de Essex (Inglaterra) Xabier Simón - XABIER SIMÓN
BILBAO, 25 Sep. (EUROPA PRESS) -
El doctor en Agrobiología Ambiental e investigador sénior de la Universidad de Essex (Inglaterra) Xabier Simón asegura que los cultivos transgénicos pueden ser "una pieza más del puzle, no la solución definitiva" frente a las sequías más severas -junto con prácticas agrícolas y gestión del agua adecuadas- pero advierte que en la Unión Europea, "con una de las regulaciones más estrictas del mundo", el tiempo y costes requeridos para el desarrollo y comercialización suponen, de media, "cuatro años más" y "entre 11 y 17 millones de euros más" que en otras regiones del mundo.
Además, explica, ante la falta de forraje del sector ganadero vasco, que existen "genes que en investigación se han relacionado con producir más biomasa o con crecer mejor en temperaturas altas", lo que podría aplicarse a cultivos forrajeros para producir más "aunque suban las temperaturas", pero afirma que "habría que desarrollar esas variedades y probarlas en las condiciones de Euskadi, y hoy el cultivo de transgénicos está muy limitado en la UE y prácticamente impedido" en el País Vasco.
En una entrevista concedida a Europa Press, Simón, graduado en Biotecnología en EHU y doctor en Agrobiología Ambiental, considera que las variedades de cultivos tolerantes a la sequía "ya sean transgénicas, editadas o de mejora convencional, pueden ayudar a reducir las pérdidas de cosecha, pero no bastan por sí solas".
En ese sentido, señala a la gestión del agua y el riego, las prácticas agrícolas y la reducción del desperdicio de alimentos como otros factores para garantizar la seguridad alimentaria, además de que "la comida llegue a quien la necesita".
Por otro lado, afirma que "no habrá un único cultivo que nos alimente a todos: según el clima, el suelo y la zona, funcionará una solución u otra, y lo razonable es contar con todas las herramientas disponibles".
Pese a ello, preguntado por lo que puede conseguirse en términos de tolerancia al calor y rendimiento de grano en pruebas con cultivos a los que se les ha introducido un gen foráneo, explica que "existe un trigo, que cuenta con un gen de girasol, que en ensayos de campo en Argentina produjo de media un 6% más, y un 16% más en condiciones de sequía".
"En maíz, con un gen de una bacteria, el rendimiento aumentó de media un 6% en ensayos de campo con poca agua, y entre un 4-8% con sequía más severa en África", dice, aunque reconoce que son mejoras "moderadas" y "no milagros", ya que en sequías extremas la producción puede ser igualmente nula.
A ello añade que en trigo, con un gen de arroz, "el peso de los granos aumentó un 21-34% en condiciones de elevada temperatura en ambiente controlado", algo relevante "porque se calcula que cada grado por encima del óptimo durante el llenado del grano reduce el rendimiento del trigo un 3-4%".
En esos casos, apunta, "el maíz rindió igual que el control sin modificar, y en el trigo con el gen de girasol la calidad y el contenido nutricional no variaron respecto al trigo sin modificación".
Sobre si la modificación de genes puede ayudar a los ganaderos vascos a paliar la falta de forraje, asegura que "sí, aunque no a corto plazo".
Tras explicar que hay genes que "podrían aplicarse a cultivos forrajeros para que produzcan más, aunque suban las temperaturas", reconoce que, ante los obstáculos regulatorios, "lo que se puede aplicar son otras vías, como el manejo de los pastos o la mejora convencional de variedades más resistentes, aunque esta última es más lenta que las técnicas más nuevas".
MARCO REGULATORIO
Los recursos que deben invertirse desde que se identifica un gen en el laboratorio hasta que la variedad modificada genéticamente pueda comercializarse "dependen del país", confirma Simón, pero explica que "llevar un nuevo rasgo transgénico al mercado supone de media unos 16 años y medio y unos 100 millones de euros".
Cita los ejemplos de Estados Unidos, Canadá, Australia o Brasil, con "menos de dos años" de media en aprobarse la autorización mientras que en Europa son cuatro años más. Por otra parte, podría suceder que un transgénico que haya pasado todos los procesos regulatorios y técnicos reciba finalmente el voto en contra de su autorización por parte de la UE.
Además, señala que a lo largo del proceso una planta "puede tolerar bien la sequía en el invernadero y perder esa capacidad en el campo". "La tolerancia a la sequía o la temperatura no depende de un solo gen, sino de muchos genes con pequeñas contribuciones individuales, por eso es difícil mejorarla sin tocar otras características, como el rendimiento. Todo ello hace que "solo unas pocas grandes empresas" afronten todo el proceso.
En este momento, asegura, hay "mucha investigación en trigo, cebada, arroz o maíz sobre todo en cámaras de crecimiento, invernadero y algunos ensayos de campo", pero reconoce que "ningún cereal modificado genéticamente para resistir sequía o altas temperaturas se cultiva hoy en Europa".
"De hecho, el único cultivo transgénico permitido en la UE es un maíz resistente a la plaga del taladro, el MON810, que se cultiva sobre todo en España, pero no en Euskadi, donde el Gobierno vasco aprobó en 2009 una normativa que, en la práctica, impide los cultivos transgénicos".
De este modo, el "obstáculo burocrático y económico" y el científico "hace que las empresas privadas muchas veces ni lo intenten en la UE, y que el sector público no tenga financiación para completar el proceso".
En este punto, recupera el trabajo del CSIC de Córdoba, que desarrolló un trigo con un 85% de reducción de gluten. "Al no poder cultivarse en Europa, el CSIC ha buscado licenciarlo a empresas de otros países, y lo más probable es que se cultive fuera y luego importemos la harina", relata.
Aun así, el científico recuerda la reciente aprobación en la UE de un reglamento sobre plantas obtenidas con nuevas técnicas genómicas, que aplicará a partir de julio de 2028, por el que la edición genética tipo CRISPR -utilizada para modificar el ADN en puntos muy precisos- que "pudiera obtenerse también por mejora convencional" tendría "un camino mucho más corto que hasta ahora".
OTROS ENFOQUES
El trabajo que desarrolla en la Universidad de Essex no se basa en "un gen o mecanismo concreto", sino que llevan a cabo una técnica "para injertar cereales cuando aún son semillas" y así lograr plantas con la parte aérea de una variedad o especie y las raíces de otra.
"Así podemos, por ejemplo, poner raíces de un cereal resistente a la sequía con un tallo de un cereal susceptible y estudiar qué señales manda la raíz que ayudan a la planta a aguantar mejor", explica, para identificar "qué genes y mecanismos se activan en la parte aérea y poder trabajar sobre ellos en cereales sensibles".
Respecto a la seguridad de los "legalmente catalogados como transgénicos", el investigador defiende que los que finalmente se aprueban "pasan controles de seguridad muy estrictos". "Diversos informes científicos y metaanálisis han encontrado que los cultivos transgénicos son igual de seguros para la salud que los convencionales". Además, recuerda que la ingeniería genética "es una herramienta más entre muchas para mejorar cultivos, junto con el cruce tradicional o la edición con CRISPR".
"Eso no significa que no haya nada que debatir, como las patentes o la dependencia de grandes empresas, pero son debates distintos al de la seguridad alimentaria", argumenta, para añadir que "no existe un gen ni un grupo de genes que vaya a resolver por sí solo retos como el cambio climático o el aumento de la población, pero sí pueden ayudar, junto con otras medidas, a que los cultivos produzcan más cuando falta agua o resistan mejor las altas temperaturas".