Archivo - El primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, en una fotografía de archivo - Sergei Bulkin / Zuma Press / Europa Press
MADRID, 25 Oct. (EUROPA PRESS) -
El renovado conflicto en la región etíope de Tigray entre las fuerzas federales y el grupo Frente Popular para la Liberación de Tigray (TPLF) y los avances obtenidos desde entonces por las fuerzas gubernamentales han azuzado el temor de una nueva guerra entre Etiopía y Eritrea, con las demandas de Adís Abeba sobre una salida al mar Rojo y las reverberaciones de otros conflictos en la región como telón de fondo, reflejo de un contexto cada vez más fragilizado en esta zona del continente.
El TPLF anunció el 23 de septiembre una "guerra defensiva" y lanzó unos ataques que le permitieron hacerse con los tres aeropuertos de Tigray, tras meses de tensiones y un aumento de los enfrentamientos de baja intensidad en pleno colapso del acuerdo de paz firmado en noviembre de 2022 en Sudáfrica para poner fin a los dos años de guerra entre las partes, que provocó una enorme devastación en el norte de Etiopía.
El grupo tigriña, creado en los setenta, había estado al frente de la región durante las últimas décadas, especialmente gracias al peso obtenido por el TPLF tras la caída en 1991 del Estado socialista erigido tras el derrocamiento en 1974 del emperador Haile Selassie, algo que generó diversas tensiones por el peso de esta comunidad en la política del país, pese a constituir menos del 10% del total.
Las nuevas hostilidades estallaron en el marco de las tensiones sobre el control de las autoridades regionales nombradas de forma interina tras el acuerdo de Pretoria, una situación que terminó con el TPLF retornando a controlar el gobierno de Tigray a principios de mayo entre acusaciones cruzadas de los incumplimientos de lo acordado en Sudáfrica.
Las principales discrepancias tras el acuerdo de paz giran en torno al control de la zona occidental de Tigray --sobre la que hay un contencioso con Amhara por su trazado por parte del gobierno marxista derrocado en 1991--, el desarme del TPLF y las autoridades de gobierno en la región tras el último conflicto, que se habría saldado con unos 600.000 muertos, según la Unión Africana (UA).
Dicha guerra estalló tras meses de tensiones a nivel político y administrativo, en parte por la negativa del TPLF a reconocer un aplazamiento electoral y su intento de no perder cuotas de poder en el país, que dominó desde 1991 al encabezar el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF) --sustentado en las etnias--, con la llegada de Abiy Ahmed al puesto de primer ministro en 2018.
LA RELACIÓN CON ERITREA
La llegada de Abiy al cargo se tradujo en un cambio en la tectónica política en la región, ya que en apenas unos meses alcanzó un acuerdo de paz con Eritrea --lo que le valió el Premio Nobel de la Paz de 2019--, cerrando al menos temporalmente el capítulo de la guerra (1998-2000) por la delimitación de la frontera tras la independencia eritrea en 1993.
Este acercamiento se vio materializado en una mejora de las relaciones y en el hecho de que Eritrea combatió del lado de Etiopía contra el TPLF --enemigo histórico de Asmara--, si bien los lazos se enfriaron posteriormente, especialmente por las reclamaciones de Abiy para lograr un acceso a la ciudad portuaria de Assab para tener salida al mar Rojo, un asunto que también ha provocado fricciones entre Etiopía y Somalia.
Eritrea, que no fue parte de la firma de los acuerdos de 2022, ha denunciado lo que describe como ambiciones expansionistas de Etiopía --el país sin salida al mar más poblado del mundo-- y ha acusado a Abiy de intentar provocar un conflicto, mientras que Adís Abeba ha asegurado que el presidente eritreo, Isaias Afewerki, se ha posicionado ahora del lado del TPLF y ha llegado a enviar tropas a su territorio, algo negado por Asmara.
El riesgo de conflicto ha aumentado por los avances de las progubernamentales Fuerzas de Paz de Tigray hacia la frontera con Eritrea, llegando a tomar zonas situadas a apenas unos kilómetros de territorio eritreo, y las advertencias de Abiy sobre "consecuencias extremadamente severas" en caso de no apostar por un diálogo, a lo que Asmara ha respondido alertando de que su "soberanía, independencia e integridad territorial no son negociables".
El Ministerio de Información eritreo ha llegado a reseñar esta misma semana que "no hay una disputa legítima o de buena fe" entre ambos países y ha insistido en que "no tiene reclamaciones irredentistas" sobre territorio de Etiopía, a la que acusa de llevar a cabo "continuas provocaciones" y "campañas de subversión". Además, ha hecho referencia a su derecho a "defender su soberanía frente a cualquier acto de agresión o amenaza de invasión".
Las demandas de Etiopía sobre una salida el mar Rojo se retrotraen precisamente a la independencia de Eritrea, cuando el país perdió su salida al mar, forzando a Adís Abeba a tener su principal ruta comercial a lo largo de carreteras y un ferrocarril que une la capital etíope con un puerto en Yibuti, uno de los cinco vecinos costeros que incluyen Somalia, Eritrea, Sudán y Kenia.
EL CONTEXTO REGIONAL
Las exigencias en torno a Assab se han visto replicadas en los movimientos de Adís Abeba en Somalia, otro país vecino, incluido un memorando de entendimiento firmado en 2024 con la región semiautónoma de Somaliliandia, que declaró en 1991 de forma unilateral su independencia, solo reconocida hasta la fecha por Israel.
El acuerdo entre Etiopía y Somalilandia contemplaba que el país obtuviera acceso naval y comercial durante 50 años en este territorio somalí a cambio de que Adís Abeba reconociera su independencia y parte de los beneficios de la explotación de Ethiopian Airlines, aerolínea de bandera etíope, si bien el texto provocó duras críticas de Mogadiscio.
Dicha disputa provocó un acercamiento entre Somalia y Egipto, países que en octubre de 2024 firmaron un pacto de cooperación a nivel de seguridad derivado de los temores de estos países en torno a la citada salida de Etiopía al mar y la disputa relacionada con la construcción por parte de Adís Abeba de una enorme presa en el río Nilo Azul, que derivó en un drástico aumento de las tensiones entre Etiopía, Sudán y Egipto, que han expresado su alarma por el impacto sobre el caudal del río Nilo, su principal fuente de agua potable.
Los tres países alcanzaron un acuerdo en enero de 2020 un principio de acuerdo sobre los principales puntos de disputa, si bien Adís Abeba abandonó las conversaciones antes de firmarlo, lo que ha alimentado las tensiones con El Cairo y Jartum, acrecentadas además por el conflicto en Sudán, desatado en abril de 2023 y que enfrenta al Ejército sudanés y a las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF).
La citada guerra ha supuesto otra parte del juego de alianzas en la región y otro motivo de desestabilización, dado que Jartum ha acusado a Adís Abeba de alinearse con las RSF e incluso de permitir el uso de su territorio para el lanzamiento de ataques con drones, declaraciones tildadas de "infundadas" por parte de Adís Abeba.
Etiopía denuncia el presunto apoyo de Egipto, Sudán y Eritrea a la rebelde Coalición de las Fuerzas de los Pueblos Etíopes para la Supervivencia --conocida como Tsimdo, integrada por el TPLF, el Ejército de Liberación Oromo (OLA) --activo en Oromía-- y las milicias Fano --activas en Ahmara y que han integrado a fuerzas especiales de esta región aliadas de Adís Abeba durante la guerra en Tigray y ahora también enfrentadas a las tropas federales--.
Por ello, la prolongación de las actuales hostilidades en Tigray conllevan, además del riesgo de un nuevo conflicto a gran escala en Etiopía, el potencial de una guerra regional que acabe por arrastrar a más actores a la contienda y se enlace con la situación en Sudán, especialmente debido a las profundas tensiones y disputas históricas entre los países de la región.