MADRID, 29 Ago. (EDIZIONES) -
Más de 30 años. Eso es lo que ha tenido que esperar Marcelino Aspur para dar un entierro digno a su madre y sus tres hermanos, muertos durante el conflicto armado que vivió Perú entre 1980 y 2000 y que enfrentó a las fuerzas del Estado con el grupo armado Sendero Luminoso, pero también con el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA).
Unas 15.000 personas desaparecieron durante el conflicto, si bien no hay aún un balance oficial definitivo, y actualmente serían unas 13.000 las que continuarían desaparecidas, según el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). La nueva Ley de Búsqueda de Desaparecidos aprobada en junio de 2016 y en proceso de implementación busca precisamente dar respuesta a quienes perdieron a sus seres queridos y, tras la pertinente identificación de los restos, les permite darles un entierro digno.
"Para los familiares conocer la suerte de sus seres queridos es muy importante por distintos motivos de carácter humano, cultural o religioso", explica a Europa Press Rafael Barrantes, responsable del programa de personas desaparecidas del CICR en Perú. Sin embargo, el proceso de localización, identificación y entrega de los restos de desaparecidos es lento.
Frederique Desgrais, la jefa de la Unidad de Personas Desaparecidas del CICR, conoce bien el proceso. "He pasado mucho tiempo con los familiares cuando trabajábamos con el equipo forense de Ayacucho, donde teníamos todas las prendas de las excavaciones que habíamos hecho", cuenta a Europa Press.
"Los familiares venían a reconocer la ropa de sus parientes y, a pesar de los años que habían pasado, recuerdo su emoción por ver un pedazo de camiseta, un zapato... Es importante apoyar a los familiares durante todo ese momento a nivel psicológico (...) Eso me ha marcado un montón", reconoce.
UNA FAMILIA MARCADA POR EL CONFLICTO
Marcelino fue el único superviviente de su familia junto con su padre durante un ataque registrado hace más de 30 años. Su madre, Sabina, y sus tres hermanos -Mario, Amelia y Yolanda_perdieron la vida aquel fatídico día. Sin embargo, no ha sido hasta ahora cuando sus restos han sido localizados y entregados a la familia para su entierro en su localidad natal, Totora, situada en el distrito de Chungui, en el departamento de Ayacucho.

El recorrido hasta Totora comienza en las dependencias de la sede del Ministerio Público en la ciudad de Ayacucho, donde se encuentran los restos de 38 desaparecidos albergados en pequeños ataúdes blancos con el nombre de cada uno de ellos. Antes de su partida hacia sus destinos finales, se lleva a cabo una pequeña ceremonia oficial.
Kathryn Cook-Pellegrin, fotógrafa del CICR, acompaña a Marcelino y su familia en este viaje. Según explica a Europa Press, el momento de la entrega de los restos a las familias es "extremadamente difícil y emotivo". "Algunos no les habían visto desde su desaparición y otros desde su exhumación y de repente se encuentran ante sus restos y sus ropas", explica.
"Algunas familias rompían a sollozar, otras se quedaban mirando, quietas y en silencio, mientras los forenses colocaban cada hueso en el féretro, y otras rezaban en alto cuando terminaba el proceso y se colocaba la tapa sobre la caja", recuerda.
Puede que para algunos fuera un "alivio" y para otros una manera de cerrar un capítulo de su vida, "pero lo cierto es que se sentía el dolor colectivo y la angustia en la sala", asegura Cook-Pellegrin.

El traslado de los restos mortales de los cuatro miembros de la familia Aspur hasta Totora es largo. Tras siete horas por carretera y pasar la noche en una pequeña localidad, hacen falta otras dos horas en coche para llegar a los pies de la montaña, donde los féretros son cargados en caballos, explica la fotógrafa.

"Las sendas en la montaña son muy escarpadas y la carga que portan los caballos hay que reajustarla constantemente", aclara Cook-Pellegrin, lo que explica que el viaje hasta Totora dure cuatro horas, cuando por regla general los locales suelen recorrerlo en una hora a pie. La lluvia y la niebla que se encuentran en el camino tampoco facilitan el recorrido.

Según el informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, el llamado "espacio regional ayacuchano", una de las zonas más pobres del país y que incluye Ayacucho y parte de los departamentos de Apurímac y Huancavelica, fue el principal escenario de la guerra entre la guerrilla Sendero Luminoso y las fuerzas gubernamentales peruanas.

Esta región, según el citado informe publicado en 2003, fue la que mayor cantidad de víctimas registró entre 1980 y el 2000, un total de 10.686, lo que supone el 42,5 por ciento del total. Entre las provincias con más muertos figura La Mar, donde está Chungui.

Marcelino hace el viaje con los restos de su familia junto a su padre. "Creo que el viaje fue agridulce para él", opina Cook-Pellegrin, ya que "tenía bonitos recuerdos de su infancia en las montañas, de los animales y el paisaje". A su llegada a Totora, Marcelino traslada el féretro con los restos de su madre y sus hermanos a la casa de su padre.

En el interior de la vivienda, antes del entierro, se realiza una vigilia con velas a los cuatro féretros de Sabina, Mario, Amelia y Yolanda.

Marcelino y otros de sus familiares preparan la tumba en el cementerio municipal en la que descansarán los restos de los cuatro desaparecidos. Todo este proceso fue igualmente emotivo, recuerda la fotógrafa del CICR.
"Cuando llegamos comenzaron a estudiar las tumbas, trasladando rocas, midiendo el espacio. Cavaron un agujero durante toda la noche y comenzaron de nuevo a primera hora de la mañana", explica Cook-Pellegrin. "Trajeron rocas de un terreno próximo para construir la pared dentro de la tumba y era como si cada piedra que traían fuera una carga de su pérdida", ilustra.

Sabina, Mario, Amelia y Yolanda son enterrados más de 30 años después en su localidad natal, poniendo así fin al sufrimiento de Marcelino y su padre.