Los relojes solares que repartían el agua: así se organizaba el riego en la Sierra Norte de Madrid

Las 'piedras de las veces' dividían el día en cinco turnos para distribuir entre los vecinos el caudal de las regueras serranas

Piedra de las veces en Madarcos. J Herrero
Piedra de las veces en Madarcos. J Herrero - COMUNIDAD DE MADRID
Europa Press Madrid
Publicado: domingo, 6 septiembre 2026 8:52

MADRID, 6 Sep. (EUROPA PRESS) -

Una piedra surcada de radios, un hierro clavado en el centro y el movimiento del sol bastaban para ordenar el agua de todo un pueblo, ya que la sombra señalaba cuándo podía regar cada vecino y durante cuánto tiempo antes de ceder el caudal a la siguiente familia.

Eran las denominadas 'piedras de las veces', unos relojes solares de origen medieval utilizados en localidades de la Sierra Norte de Madrid para distribuir el agua que descendía de la montaña por regueras, canales abiertos en el suelo de aproximadamente 50 centímetros de anchura que aprovechaban la pendiente para conducir el agua de la montaña hacia prados y huertas.

Estos relojes y los conocimientos asociados al reparto del agua forman parte del patrimonio hidráulico que todavía puede rastrearse en la Comunidad de Madrid. Precisamente, esta semana el Consejo de Ministros ha declarado los sistemas históricos y tradicionales de regadío como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial.

En la región, además de los pequeños canales comunales de la Sierra Norte, se conserva también la gran red de presas, caces y acequias que transformó la vega de Aranjuez, así como antiguos sistemas destinados a regar las huertas y fincas agrícolas de la capital, entre otros.

UN RELOJ PARA REPARTIR EL AGUA EN LA SIERRA NORTE

Según recoge el apartado web de la Comunidad de Madrid dedicado al Patrimonio Cultural, las 'piedras de las veces' permitían dividir el día en cinco turnos para distribuir entre los vecinos el caudal de las regueras serranas: mañana, trasmañana, siesta, tarde y noche.

En localidades como Prádena del Rincón, Gandullas y Piñuecar existían además tres figuras en torno a este sistema de abastecimiento: el alcalde distribuía el tiempo de riego, el escribano levantaba acta de lo acordado y el aguador hacía cumplir las normas, repartía el agua y avisaba a los vecinos cuando llegaba su turno.

Precisamente, para medir esos turnos se utilizaban los relojes de riego. Cada piedra tenía forma circular y contaba con un hierro central cuya sombra avanzaba sobre una serie de radios grabados. El espacio entre dos líneas equivalía a una "vez", es decir, al periodo durante el que una familia podía utilizar el agua de la reguera.

La división del día en mañana, trasmañana, siesta, tarde y noche buscaba asegurar un reparto proporcional del caudal. En Madarcos se encuentra documentada una de estas 'piedras de las veces', testimonio material de un sistema transmitido de generación en generación.

LOS VECINOS LIMPIABAN LAS REGUERAS CADA AÑO

La limpieza anual de las regueras se realizaba al comienzo de la primavera para retirar hierbas, piedras y ramas, y el alcalde estaba obligado a invitar a carne y vino a quienes participaban en las labores.

En Montejo de la Sierra y Robregordo, los trabajadores que acudían por primera vez a limpiar la conducción debían mojarse voluntariamente la cabeza a modo de ritual de iniciación. Si se negaban, se arriesgaban a terminar dentro de la reguera vestidos o a ser manteados por el resto de los participantes.

Algunos de estos canales han necesitado intervenciones recientes para seguir funcionando. En Montejo de la Sierra, la Comunidad de Madrid actuó sobre una reguera que comienza en la captación del arroyo de la Quebrada y termina en una balsa de riego situada en la Dehesa Boyal.

La Administración regional acometió una intervención similar en Puebla de la Sierra para perfeccionar el sistema tradicional, controlar el caudal y evitar pérdidas y conexiones no deseadas entre cauces.

ARANJUEZ, UN PAISAJE DISEÑADO DESDE EL TAJO

Frente a la escala vecinal de las regueras serranas, Aranjuez representa la gran ingeniería histórica del agua en Madrid. Su paisaje de sotos, huertas, jardines, paseos y dehesas no puede entenderse sin la red de canales que distribuyó el caudal del Tajo por las dos márgenes de la vega.

Carlos I inició la construcción de este sistema y, entre 1530 y 1534, impulsó la presa del Embocador sobre una estructura anterior. Desde ella parten dos de sus principales arterias hidráulicas: el canal de Sotomayor o de las Aves, por la margen izquierda del río, y el canal de la Azuda, por la derecha.

Ambos fueron iniciados durante el reinado de Carlos I y desarrollados por Felipe II. La ordenación del territorio incluyó además una extensa red secundaria de caces, caceras y regueras que llevaba el agua hasta jardines, arboledas, calles, praderas y tierras agrícolas.

El canal de Sotomayor, mandado construir hacia 1535, alcanza actualmente unos 39 kilómetros y prolonga su recorrido más allá de Algodor. A lo largo de los siglos ha sido objeto de reparaciones y transformaciones, pero continúa siendo uno de los elementos vertebradores del paisaje ribereño. En la configuración de esta red participaron arquitectos como Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, además de jardineros como Jerónimo de Algora y Holbeque.

Este verano Aranjuez ha reactivado parte de su sistema tradicional de riego para llevar nuevamente agua del Tajo hasta las alineaciones de árboles de algunas de sus calles y espacios forestales.

El agua vuelve a correr así por varias caceras y acequias gracias a la noria del Parque Forestal de la Azuda, cuyo movimiento permite alimentar las conducciones que serpentean entre fresnos, plátanos y álamos blancos.

EL 'CANALILLO' QUE REGABA LAS HUERTAS DE LA CAPITAL

Los vestigios del regadío histórico también llegan hasta la ciudad de Madrid. En la Dehesa de la Villa se conserva el trazado de la Acequia del Norte, conocida popularmente como el 'Canalillo', un canal a cielo abierto proyectado en 1863 por el ingeniero Juan de Ribera Piferrer.

Su función era recoger el excedente del Canal de Isabel II para destinarlo al riego de los campos y huertas de Madrid y de las posesiones reales. Aunque la acequia ya no funciona como infraestructura de riego, su recorrido permanece como uno de los vestigios que permiten reconstruir la evolución histórica de la Dehesa de la Villa.

Otras antiguas quintas de recreo conservan elementos relacionados con el aprovechamiento del agua. La Quinta de Torre Arias mantiene su sistema originario de riego, alimentado principalmente por el viaje de agua de Abroñigal Bajo, que abastecía pozos, norias, fuentes y albercas mediante una red de canales de ladrillo y piedra.

En la Quinta de los Molinos se conservan, por su parte, albercas, fuentes y vestigios de acequias y arquetas pertenecientes a un sistema hidráulico organizado a diferentes alturas para aprovechar la gravedad. También permanecen los dos molinos instalados durante la década de 1920 para extraer agua de los pozos.

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