MADRID 15 Jun. (OTR/PRESS) -
El "hermano rico" de la izquierda española, el PSOE, sólo se acuerda de la hermandad de sangre con el "pobre", Izquierda Unida. Y el pobre, tras años de hacer el primo empieza a estar harto de ser la puta y encima poner la cama cuando al señorito rico le hace falta su cariño.
La cosa viene de lejos y ha tenido esa pauta de comportamiento. Los socialistas claman por la hermandad de izquierdas cuando esta le es necesaria pero en cuanto pueden prescindir de ella todo se vuelve desdén y desprecio. Con un elemento añadido, la continuada pauta de engatusar, comprar, fagocitar y engullir al "pequeño" de lo que está repleta la reciente historia política y cuyo último y ejemplar caso es el de Rosa Aguilar. Vamos, que el hermano rico, poderoso y guapo lleva chuleando desde el 79 al pobre y feo, a quien exige y supone un amor seguro y obligado que obligatoriamente ha de perdonarle cualquier traición.
No siempre fue así. El hermano pobre era quien se partía la cara y a quien se la partían durante los duros años del franquismo, mientras el rico estaba de vacaciones. Pero al llegar la primavera reapareció, fresco, con los bolsillos llenos de marcos alemanes y sedujo a las masas con su galanura. Se hinchó a votos y en el 79 a concejales. Pero el pobre también tenía los suyos. El PSOE sacó el 27,87 por ciento de los votos, unas decimillas más que en la catástrofe del 22-M, pero el PCE llego al 12,1 por ciento.
Se firmó el pacto de sangre, la santa hermandad de las izquierdas. Y aquello significó que los socialistas se quedaron con el santo y la peana. Se aplicó el criterio de la lista más votada y aunque la relación de votos entre ambos era poco más de dos a uno, cerca del 90 por ciento de las alcaldía fueron a parar a sus manos. Al PCE se le comieron las lentejas y a partir de entonces comenzó su ruina, crisis a crisis y bocado a bocado fue siendo engullido, y al PSOE, aunque sin coger el carné, que sí cogieron todos sus escuderos, se marchó el mismísimo Carrillo que dejo a su partido con 4 diputados en el 82. Al hermano por birlarle le birlaron hasta la memoria. Y vino a resultar por obra y gracia de la publicidad que el héroe de la resistencia era quien había estado en la playa.
Así fue hasta Anguita. El califa cordobés resucitó a sus gentes. Recuperó y hasta superó votaciones de aquella transición. Lo hizo a base de dignidad y programa. El hermano mayor cogió un cabreo de órdago, le acusaba de infieles pinzas, le tildaba de loco y visionario y lo convirtió en el objetivo de la más terrible campaña de desprestigio mediático. Pero IU con Anguita tenía respeto, 19 diputados y superó de nuevo los dos dígitos en votos.
Llamazares hundió todo aquello. Lo arrastró en su deriva de sumisión hasta convertirse en el gozquecillo faldero de Zapatero y en el reidor de las gracias de Rubalcaba. Llevó a su organización tan al borde de la extinción que el único diputado que sobrevivió es él mismo, cargo que con toda indignidad mantiene tras haber sido por fin desalojado del poder en IU, porque el liderato nunca lo tuvo.
Pues bien, es hoy ese Llamazares, el sumiso, quien más exige sanciones, ante la rebelión de unas bases hartas del uso y el abuso de ese "hermano rico" ahora arruinado y sin crédito alguno que viene a la casa del pobre pidiendo con enfado que le den de comer tras haber dilapidado todo en la suya que llamaba "común" pero donde sólo el tenía silla en el comedor.
Esa es la historia y esa es la vieja monserga con la que de nuevo quieren llevar al "pobre" al huerto. Pero los extremeños no parecen nada dispuestos a dejarse, están demasiado escarmentados, conducir mansamente a la cama.