Agustín Jiménez.- Nuevos salvadores de la patria.

Actualizado 11/03/2009 1:00:35 CET

MADRID, 11 Mar. (OTR/PRESS) -

Cuando unos celebran, y otros lamentan, el cincuenta aniversario del exilio del Dalai Lama, un señor López, Pachi de nombre -que allí deletrean Patxi- ha oído voces que le aseguran que él va a salvar a Euskadi, tan necesitada. Enfrente se topa con otro señor, Ibarreche o Ibarretxe, que también es salvador de oficio, y con un pequeño problema contable: el tal Ibarretxe ha sacado más votos. Todos los de su casa son conscientes de que Pachi/Patxi es infinitamente más digno, más noble, más desinteresado (bueno, eso no lo han dicho) que su rival. Casualmente, en la familia de éste piensan exactamente lo mismo de su afiliado, que posee recetas fastuosas para lo colectivo.

La pasión por lo colectivo debe soslayar alguna cosa bien distinta. Un periódico se ha molestado en yuxtaponer una entrevista de Pachi/Patxi y otra del presidente de Ibarreche/Ibarretxe. Era instructivo que, manejando los dos una lógica aplastante, llegasen a conclusiones contradictorias. Sólo coincidían en una cosa: en que los entrevistados tienen el corazón henchido de afán de servicio a diferencia de sus oponentes, a quienes sólo los mueve la sórdida avaricia del poder. Lo colectivo está lleno de trampas y estas se contagian a todas las patuleas. Iglesias, partidos políticos u organizadores de carreras de galgos no serían nadie sin las masas. Lo peor es que las masas han llegado a creer que, sin iglesias, partidos mitineros y organizadores de carreras de galgos (o de grititos de Michael Jackson, que ahora amenaza con volver), ellas carecen de sentido. Lo colectivo no es sinónimo de moral. La guerra, la intolerancia y las cursilerías de los nacionalistas son aberraciones obvias de lo colectivo.

Otro disparate de lo colectivo, que ahora reivindican quienes abogan entusiasmados por una crisis larga, es la organización de la economía. Gente que se avergonzaría de ver los programas más populares de "Telecinco" se toma en serio el espectáculo diario de chismorreos e histeria de la Bolsa, que hemos aceptado como medida de nuestra realización humana. Sin pestañear, se defienden cosas como que el único objetivo de la vida es producir cada día más y multiplicar el número de puestos de trabajo. Se comentan mucho menos la infelicidad o la porquería ambiental que el dramón, indudable pero consecuente con la globalidad reinante, de la pérdida de empleo. En este punto de abstracción, podemos empezar a debatir del sexo de los ángeles. El Fondo Monetario Internacional acaba de publicar un informe en el que sostiene que la culpa de la crisis no la tiene la globalización de las finanzas sino la insuficiente regularización de los mercados paralelos. Es decir, no la tienen los bancos sino las operaciones bancarias que realizan los bancos fuera de los bancos. Habrá que pedir a Pachi/Patxi o a Ibarreche/Ibarretxe que nos ayuden a entenderlo. Lo harán con su soltura habitual. Uno de los dos es el futuro.

OTR Press

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