Antonio Casado.- El infierno y la cárcel

Publicado 18/10/2018 8:02:10CET

MADRID, 18 Oct. (OTR/PRESS) -

Nos sale al paso en la portada de un periódico la novedad de una comisión creada por la Conferencia Episcopal Española "para combatir la pederastia". El enunciado ya nos da la pista sobre la naturaleza de las comisiones ideadas para aparcar, eludir un determinado problema. Me temo que estamos, una vez más, ante el viejo truco.

Si damos un paso más en la tarea de descifrar el anuncio, veremos que no se trata exactamente de poner en funcionamiento una vía directa de lucha contra la pederastia en el seno de la Iglesia católica. Exactamente se trata de un grupo de trabajo reservado al que se encarga la tarea de revisar los protocolos de actuación ante este tipo de abusos sexuales.

¿Revisar los protocolos? No hay nada que revisar frente a estos supuestos delictivos. Delictivos antes que morales, que también. Por tanto, no hay otro protocolo posible que el de la denuncia inmediata en la comisaría policial -nacional o autonómica-, el cuartel de la Guardia Civil o directamente en la Fiscalía. Dicho así, con el nombre asignado a esos órganos del Estado, no con el de "autoridades apropiadas", eufemismo de las autoridades eclesiásticas (¿serán estas las "apropiadas?").

Si seguimos descifrando la entraña de la novedad también descubriremos, en fin, que dicha comisión va a estar presidida por el obispo de Astorga, Juan Antonio Menéndez, cuyo salto a la fama está ligado a la mirada distraída que en su día dedicó a un caso de pederastia en La Bañeza (León).

Todos estos vectores informativos nos ponen en guardia sobre la aparente firmeza episcopal en la lucha contra esta lacra. Nada menos que el abuso sexual de niños y jóvenes indefensos por parte de miembros de la Iglesia, especialmente sacerdotes y religiosos. Actos pecaminosos y criminales porque son conductas contrarias al Evangelio y al Código Penal, que hasta ahora han tenido una respuesta inexistente o inadecuada.

Nada tiene de extraño que muchas de las víctimas se hayan sentido traicionadas por la Iglesia. Y que el propio Vaticano sienta ahora vergüenza y remordimiento. Primero, por los abusos mismos cometidos por sacerdotes en los internados. Y después, por no haber querido escuchar en su día a quienes sufrieron estas violaciones, hasta el punto de condenarles a sufrir en silencio las consecuencias.

Candidatos al infierno y a la cárcel. Deben responder ante Dios y ante los tribunales de Justicia. Del infierno pueden librarse con el arrepentimiento, que abre la puerta del perdón, pero eso no debería librarles de la cárcel. Ni a ellos ni a sus superiores, en tanto que no canalizaron debidamente las denuncias o las acusaciones por parte de las víctimas de los abusos o de sus familias.

OTR Press

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