Carlos Carnicero.- Certificado de castración

Actualizado 29/11/2009 13:00:47 CET
Actualizado 29/11/2009 13:00:47 CET

Carlos Carnicero.- Certificado de castración

MADRID, 29 Nov. (OTR/PRESS) -

Lo dice un anuncio radiado: "capones con certificado de castración": oído en la mañana de la radio, metido en el tapón de una autopista, uno siente una piedad infinita por quien no pudo llegar a gallo y es ofertado para la mesa navideña sin ningún pudor, exhibiendo su deshonra en un certificado, sobre todo en este universo machista en que vivimos, como diploma de garantía y de rendimiento en la mesa.

A la misma hora un locutor famoso de radio hablaba del tamaño de los penes. Todavía los niños iban con sus padres al colegio y estos, contraviniendo las advertencias de Tráfico, manipulaban la radio para encontrar información inocua. Casi imposible.

Un poco más tarde, un anuncio sobre un espectáculo teatral en Madrid utilizaba el argot más callejero para atraer al público que deben pretender. El locutor indicaba que el espectáculo era de "puta madre" y su interlocutor le preguntaban si irían "chochitos" en una de las acciones machistas más soeces para referirse al género femenino.

Estamos hablando de publicidad en tiempos de crisis y eso es una línea roja que le puede costar el puesto a cualquiera en época de supervivencia. Pero la degradación de la vida cotidiana nos lleva a parámetros en donde el respeto es un asignatura que no ya consta en los planes de estudio de la vida. Todo el mundo se siente con derecho a decir en voz alta lo que piensa, sin un segundo previo de reflexión para calibrar el tamaño de la ofensa que se puede proferir a quien está instalado en la diferencia. Los chistes "guarros" se carcajean en la mesa de ejecutivos que no tienen lenguaje suficiente para prescindir de las malas palabras -que es como en Latinoamérica se llama a los "tacos"- y pronuncian las muletillas groseras con las que se sienten más hombres.

La mujer sigue siendo objeto de burlas y chistes que reafirman la percepción de objetos con que son retratadas por muchos machos en un universo de maltratadores que se reafirman desde pequeñitos en la brutalidad del lenguaje y en la camada de cachorros en celo.

Todo tiene que ver con un país que no supera los límites razonables de una democracia consolidada porque se permite jugar al pin, pan, pun con el Tribunal Constitucional mientras el partido de la oposición carga contra el estado de derecho para tratar de impedir que unos presuntos delincuentes de su partido comparezcan a juicio.

Este país está a punto de obtener un certificado de castración de sus posibilidades democráticas porque el descrédito de los partidos, la vulgaridad instalada hasta en las ondas y la falta de sentido ético y estético de la vida nos impulsa a la condición de capones en una mesa para los más favorecidos que tienen dinero para que sus hijos estudien en Harvard. Pero me temo que ni siquiera hay capones para todos.

OTR Press

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