Charo Zarzalejos.- Desde Bilbao

Actualizado 21/06/2009 14:00:33 CET
Actualizado 21/06/2009 14:00:33 CET

Charo Zarzalejos.- Desde Bilbao

MADRID, 21 Jun. (OTR/PRESS) -

Hacia doce años que la parroquia de San José, de Bilbao, no se había visto obligada a modificar sus horarios y cultos habituales. Hacía doce años que en esta céntrica iglesia no se celebraba un funeral por un policía víctima de la violencia terrorista y nunca antes se había celebrado un funeral con tanta dignidad, solemnidad y calor ciudadano como el que se celebró ayer por Eduardo Puelles, asesinado por los terroristas de ETA el viernes a primera hora de la mañana.

Los Príncipes de Asturias, el Gobierno vasco, los partidos políticos y todos los cuerpos policiales se volcaron en hacer las cosas bien, como se deben hacer. Y todo ello acompañados por centenares de bilbaínos que a pié firma aplaudieron el féretro y el himno nacional. Hasta el tiempo acompañó en el adiós a la última víctima mortal de ETA, víctima que ha sacado a flote los fantasmas del pasado más reciente.

Sin embargo en el País Vasco las cosas ya no son como eran. Hace unos años, los policías asesinados salían por la puerta de atrás y en sus capillas ardientes se respiraba soledad. Se estilaba el "algo habrá hecho". Pero eso comienza, de verdad, a pertenecer al pasado.

El asesinato de Eduardo Puelles ha sido un auténtico mazazo, porque aún cuando nadie nunca ha descartado que ETA volvería a matar, ocurre como con todo: una cosa es imaginarlo y otra comprobar que la intuición se hace realidad. Y es que ETA, que ya ha cumplido cincuenta años, está aquí. Debilitada, perseguida, pero está. Y su misión no es otra que hacer daño. Entre los ciudadanos existe el temor de que "vuelvan a las andadas"; es decir, que cojan racha y tengamos que vivir más jornadas de lágrimas.

Nada hay que descartar. Ocurre que el Estado tiene que acertar siempre para que no haya atentados y a ETA le basta con acertar una sola vez para hacernos ver de cuanta crueldad es capaz de desplegar. Pero todos vamos aprendiendo y ya sabemos que los terroristas han despreciado de manera sistemática todas las oportunidades que la democracia les ha dado para terminar. Lo han rechazado jugando con la buena fe y las esperanzas de muchos. Ya sabemos --y no hay que olvidarlo-- que no se merecen ni nuestra buena fe, ni nuestra esperanza. Sólo nuestro desprecio y nuestra determinación para que sean ellos, los terroristas, quienes pierdan toda esperanza. El final de ETA debe ser el problema de ETA.

Bilbao, como las demás ciudades y pueblos del País Vasco, tiene una larga experiencia del camino de dolor que, como recordaba el lehendakari, ETA nos ha enseñado y el milagro extraordinario de esta tierra no es el Guggenheim, sino que nadie se haya tomado la justicia por su mano. Ahora queda un segundo capítulo del milagro definitivo, que no es otro que conseguir que los que callan se sumen al grito de "ETA, no". Desde Bilbao afirmo que para eso aún queda un largo y duro camino.

CHARO ZARZALEJOS

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