Charo Zarzalejos.- La señora primavera

Actualizado 22/03/2009 1:00:12 CET

MADRID, 22 Mar. (OTR/PRESS) -

Ya está aquí, fiel a su cita desde que el mundo es mundo. Bienvenida sea esta señora llamada primavera, vestida de aguas tranquilas, arropada en dulces amaneceres, envuelta en limpias noches y perfumada de azahar. Bienvenidos sean sus rastros de sol después de tanta niebla, de tanta penumbra de la que gusta vestir al invierno. Bienvenida esta nueva luz, que quizás nos ayude a ahuyentar el mal cuerpo que nos están dejando esos personajes de Sevilla, que puestos a hacer daño no escatiman macabros y crueles juegos con el cuerpo de una pobre niña, con el inmenso dolor de unos padres, para quienes la vida ya nunca será la que era.

Bienvenido el azahar cuyo olor desbarata los sentidos. Es un buen antídoto para huir del hedor que se debía respirar en el zulo en el que durante veinticuatro años un ser indescriptible martirizó a su hija, sin que ello le impidiera irse de vacaciones e incluso hacer risas para salir alegre en las fotos. Bienvenidas las noches limpias, sin más sombras que las de las estrellas, esas que se nos ocultan tras la crisis económica, el paro, el desamparo creciente de quienes sienten que su futuro depende casi de un hilo. Esas sombras que rodean a las mujeres maltratadas, a los niños abandonados, a los que sufren y mueren solos.

Todos ellos, todos nosotros, necesitamos y damos la bienvenida al dulce amanecer de la primavera, que con suavidad se deshace de la oscuridad de la noche para concluir en una jornada luminosa. La luz de la primavera no nos libra de ninguno de los males que nos acucian, pero, por lo menos, nos permite -si tenemos un minuto para ello- contemplar el brote de nuevas flores, el rebosar de árboles un tanto callados por las nieblas invernales y caer en la cuenta de cómo el campo se viste con sus mejores galas. Siempre, pero sobre todo en momentos de agobio, la contemplación de la belleza nos permite, más bien nos obliga, a dejar a un lado la mochila cotidiana tan llena de temores y vulgaridades. Contemplar la belleza nos traslada a un territorio en el que nos descubrimos a nosotros mismos y caemos en la cuenta de lo cansino que es ir vestido de guerrero ninja, y constatamos casi con estupefacción que conservamos el deseo, la necesidad innata de la belleza.

Bienvenidas, en fin, las aguas calmas del mar. Se han ido las galernas del invierno y las olas han perdido su ferocidad. Han dejado de azotar las rocas para acunar las orillas de las playas y acariciar los primeros pasos de los más pequeños y aliviar dolores de esas otras piernas hinchadas y cansadas, testimonios mudos del paso del tiempo, de la vida ya vivida.

La primavera es una señora que busca ser cortejada, que le gusta ser contemplada y manoseada. Celebremos su llegada, atrapemos sus adornos, vistámonos con su luz y así, disfrazados de humanos, juguemos a imaginar que lo mejor está por llegar, que lo que ahora nos agobia, nos descorazona y nos repele forma parte del invierno que ya se ha ido. ¿Imaginar lo que se desea no es una manera de comenzar a conseguirlo? Juguemos, pues, a imaginar que es una licencia que la primavera, con seguridad, nos permite y a ello nos invita.

CHARO ZARZALEJOS

OTR Press

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