Publicado 19/01/2023 08:01

Fernando Jáuregui.- Acaba la 'revolución de izquierda'; ¿llega la de la derecha?

MADRID, 19 Ene. (OTR/PRESS) -

La imagen apacible de Pedro Sánchez con los responsable de varias de las principales entidades del Ibex en Davos puede resultar significativa de un hecho que cada día me parece más evidente: está acabando el 'acelerón por la izquierda', tan patente en los tres años de gobierno de coalición. Lo que no necesariamente quiere decir que haya llegado el turno a la derecha, ya se ve -miremos a Castilla y León, pero también a Madrid o a Barcelona- que aún sigue envuelta en la gran polémica que determinó la caída de Pablo Casado: ¿sí o no a la acción con Vox para una futura gobernación? ¿sí o no al frentismo?

Me parece la respuesta a estas preguntas uno de los temas clave que tiene planteados España. Alberto Núñez Feijoo cuenta ahora con una gran oportunidad para aclarar su futuro. Porque lo ocurrido en Valladolid con el 'voxista' vicepresidente, Juan García-Gallardo, no es apenas una metedura de pata en cuestión tan sensible como el aborto por parte de un político inexperto y excesivamente 'fogoso', vamos a llamarlo así: es una auténtica prueba para mostrar si el PP puede funcionar en un gobierno con una formación tan dispar como la de Santiago Abascal. Y, aunque en pura teoría sean cuestiones diferentes, creo que no le vendría mal al político gallego aprender de lo que está siendo la coalición entre el PSOE y Unidas Podemos: un continuo desencuentro que, se diga lo que se diga oficialmente, lastra la gobernación del Estado y cuestiona puntos clave, como la propia forma de ese Estado o el occidentalismo de España.

Mucha gente reconoce ahora haber votado al PSOE en las últimas elecciones generales de noviembre 2019 pensando que se haría realidad lo que el propio Sánchez había reafirmado: que convocaba aquellos comicios para evitar hacer lo que precisamente hizo al día siguiente de que la ciudadanía acudiese a las urnas: un pacto de coalición con Pablo Iglesias y su partido.

Seguramente, los resultados electorales hubiesen sido otros si se hubiese advertido previamente de la inevitabilidad de ese pacto entre 'extraños compañeros de cama', como dijo Churchill. Ahora, sospecho que en su propio 'viaje al centro', Feijoo vería lastradas sus expectativas de ampliarse hacia zonas templadas si siente en el cogote el perturbador aliento de Vox.

Por lo demás, las encuestas -tengo una en mi poder, no publicada, muy reveladora- abonan esa tesis del agotamiento del '¡izquierda, ar!' que ha venido siendo la tónica de un Sánchez que empezó, puedo dar fe de ello, con tesis muy moderadas en lo económico antes de llegar al poder y que luego, por aquello de contentar a los 'socios' de diverso pelaje, ha ido derivando hacia esas posiciones, ya se ve que decaídas, de considerar enemigo al adversario, al 'del puro en la boca' de los cenáculos y, en concreto, a la presidenta de un banco y al de una hidroeléctrica que, por otro lado, personalizan la internacionalización de la economía española. La 'foto de Davos' que ayer publicaban todos los periódicos, con Sánchez en paz, armonía y tal vez acuerdo con el Ibex, era muy, muy reveladora del giro mental que sospecho que se está produciendo.

Tengo para mí, desde hace años, que, excepto esos excesos verbales y en algunas medidas muy puntuales, Feijoo no gobernaría en materia económica muy diferente a como lo ha tenido que hacer Sánchez bajo la tutela constante de la UE. Otra cosa serían las medidas sociales, esos gestos hacia una de las dos Españas que siempre lastran los mensajes moderados. Y es ahí, en esos gestos, donde tanto Vox como Unidas Podemos se convierten en muy incómodos socios para gobernar. Como, supongo, podrá deducir Feijoo de lo que se grite en la manifestación de los de Abascal este sábado.

El momento, cuando se define nada menos que la actuación para una 'conllevanza' del Estado en Cataluña -atención a la manifestación de este jueves en Barcelona--, cuando hay que distribuir los fondos europeos y redefinir toda una política derivada de la guerra en Ucrania, es delicado. Tanto para el presidente del Gobierno como para quien, de momento solo con encuestas en la mano, aspira a serlo. No puede ser que actuaciones precipitadas y poco reflexivas, que siempre emanan de los dos extremos, pongan en peligro esa oportunidad para una era realmente nueva y mejor que reclamamos y merecemos para este país.

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