MADRID 8 Nov. (OTR/PRESS) -
Claro que en todas partes cuecen habas, pero las reacciones de los dirigentes de los países de nuestro llamado entorno a sus desgracias nacionales son diferentes a la de la resiliencia numantina de por estos pagos. Nuestro país entra en una etapa de desgobierno casi total, a raíz del hacha de guerra desenterrada por Junts, para lo que valga.
Más de una veintena de proyectos de ley se acumulan sin posibilidad de que se aprueben en la Cámara Baja, de los Presupuestos ya ni hablamos y de cualquier proyecto que vaya más allá de tratar de ganar las elecciones llegando como sea hasta 2027, ni mención. La vieja piel de toro se debate ahora entre ser Koldavia y Ucolandia; las dos Españas, la buena y la mala, o la regular y la más irregular.
Las portadas de los periódicos son cada día la constatación de que esto ya no puede seguir. Un país en el que Koldo García sale más en los titulares y en las fotografías estelares que los principales deportistas e incluso que el propio presidente del Gobierno, una nación en la que los 'al' -Albertos, Alvises, Aldamas, Alvarones, Albalos si se me permite la broma- constituyen la aristocracia de los nombres que aparecen en los medios, se convierte necesariamente en un Estado imposible. Casi -casi, ojo-- fallido, porque la seguridad jurídica ha dejado de funcionar, lo mismo que la separación efectiva de poderes, la transparencia o la veracidad y credibilidad en el ejercicio de la gobernación.
Por favor, no me llame fachosférico por hacer un diagnóstico que es obvio: qué más quisiera uno que las cosas fuesen de muy otro modo. El Gobierno ha dejado de funcionar, los ministros y el propio presidente están pendientes de su supervivencia, los socios que sostenían al Ejecutivo están dejando de serlo o, como Junts y Podemos, ya no lo son. Y la oposición se debate en un patente desconcierto, porque hacer oposición a quien encabeza este Gobierno es casi imposible: la verdad y la lógica no existen. Las relaciones personales, ya tampoco.
Un Estado en el que los jueces -una parte de los jueces- y los medios -una parte de los medios- se convierten en la auténtica oposición, fustigados de manera inédita por el Ejecutivo, es una entidad tambaleante más que otra cosa. Un colectivo que vive más de la anécdota coyuntural que de construir un porvenbir para sus generaciones más jóvenes, esos 'zetas' que tendrán el poder en un mundo distinto, con una Constitución distinta, dentro de dos décadas, se convierte en un colectivo efímero. Hay que pasar la página.
Muchas veces he dicho que, cuando un periodista cualquiera -demasiado protagonismo estamos teniendo los informadores, supongo que a nuestro pesar, véase el juicio al fiscal general-puede afirmar que el presidente del Gobierno está incumpliendo la Constitución y nada les ocurre ni al presidente ni al periodista, estamos ante un país surrealista, contradictorio, merecedor de ser llamado Koldavia. O, si se quiere, Ucolandia, que malo es que la moral y la decencia dependan de las investigaciones, malquistas por el poder, de un grupo implacable de la Guardia Civil. Incluso, si quiere usted, lo podemos llamar Begononia, o Peinadombia.
Y a mí, dígame retrógrado si quiere, me gustaría que este gran país mío siguiese siendo la vieja España, la que la Transición contribuyó a modernizar y que ahora va necesitando tantos retoques, incluso revolucionarios, de pintura para poder mirar confiada al porvenir. Porque la democracia, tal como la entendemos quienes bien la entendemos, no puede ser una Koldocracia cualquiera.