Fernando Jáuregui.- ¿Merkozy o Sarkel? Ninguno de los dos.

Actualizado 12/11/2011 13:00:52 CET

MADRID, 12 Nov. (OTR/PRESS) -

Desmiente Angela Merkel las muchas noticias que hablan de que Alemania y Francia están preparando un euro a dos velocidades, que es como partir la eurozona en pobres, por un lado, y ricos, por el otro. Sin embargo, me parece que algo hay de ese proyecto secesionista, que algún pensador, con ironía acaso excesiva, calificó de "Cuarto Reich", sin botas ni armas, pero con deuda soberana. La 'locomotora europea' siente indudables tentaciones de separarse del lastre de los vagones, mientras cada uno de estos hace la guerra por su cuenta. Nunca la Unión Europea dio tantas muestras de desunión. Nunca más sintomática la caída del nuevo Imperio Romano que la imparable decadencia de Roma y Atenas, que fueron la cuna de la democracia y de la civilización occidental.

Temo que no hay que reflexionar solamente sobre el euro, sino sobre la Unión. Y sobre el sentido de la marcha de Europa, artificialmente ampliada sin pensar en las consecuencias actuales. Muchas veces me he preguntado qué pasaría si, en el fondo, tanto la señora Merkel como Nicolas Sarkozy estuviesen equivocándose de parte a parte en sus recetas. He interrogado a muchos políticos españoles si no pudiera darse el caso de que la tesis Obama, de fomentar el consumo en lugar de restringirlo, sea más sabia que la 'austeridad a toda costa' ahora imperante en el Viejo Continente. Nadie ha sabido darme una respuesta lo suficientemente satisfactoria.

Lo que sí constato, entre viraje y viraje, en una progresión de los sentimientos euroescépticos. Desde luego, es palpable en España y, por lo que leo y me cuentan, el euroescepticismo está galopando por toda Europa. "No era esto, no era esto", se dirán, desde sus tumbas, los viejos padres Monnet y Schuman, a quienes seguro que la combinación llamada Merkozy, que en el fondo es una tiranía desde Berlín secundada por París, gustaría aún menos que la de Sarkel, que son las piruetas desde París secundadas por los germanos. Este sacro imperio franco-germano puede, a este paso, y en buena parte por los errores de los periféricos, arrasar con las últimas utopías europeístas. Uno no puede evitar pensar en aquellos tiempos, no tan lejanos si bien se mira, en los que Europa era una idea acariciada, imposible y subversiva en la triste España autárquica y gris que nos tocó vivir a tantos en la infancia y la primera adolescencia. Siento decirlo, pero leo los titulares de los principales periódicos europeos y vuelvo a entrever el panorama grisáceo, tristón, que nunca creí que volvería a repetirse; no, desde luego, para nuestros hijos.

No, yo tampoco quiero la Europa dominada por las suaves maneras de Merkozy ni por los improvisados volatines de Sarkel. A Europa, o la construimos entre todos, en un plano igualitario, o, como dirían Monnet y De Gasperi, aquello utópicos que hicieron realidad sus sueños, no será.

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