Fernando Jáuregui.- El Rey de todas las españas posibles

Publicado 18/07/2015 12:00:13CET

MADRID, 18 Jul. (OTR/PRESS) -

Me inquieta mucho más la falta de contacto entre el presidente del Gobierno central y el de la Generalitat que el hecho de que este último acuda a La Zarzuela a explicar al Rey su plan secesionista. Tengo tanta confianza en el Felipe VI estadista como desconfianza me suscita un Artur Mas que claramente no tiene el dominio de los mandos de la inestable nave en la que se ha metido. Así que este encuentro del molt honorable con el Monarca, cuya trascendencia ya se irá viendo, me ha parecido que jamás podría inscribirse en el ámbito de lo protocolario y rutinario: es una 'cumbre' netamente política

--¿quién ha dicho el disparate de que el rey no puede mezclarse con la política?- e imprescindible para el encuentro de dos trenes que, a este paso, acabarían chocando..

Obviamente, ninguna simpatía siento por quienes quieren separar a Cataluña del resto de España, pero la inestabilidad que Mas y sus gentes imprimen al proceso me suscita aún más recelos y aprensiones, porque todo puede pasar ante tal cúmulo de disparates: Artur Mas ha conseguido deshacer la añeja alianza con los democristianos de Unió; ha tensionado hasta lo indecible su propio partido, Convergencia; ha llenado de recelos y subordinaciones la relación con Esquerra Republicana de Catalunya -que es la culpable, a mi modo de ver, de todas las principales desgracias ocurridas en la zona desde los años treinta--; ha dado protagonismo máximo a una falsa 'sociedad civil'

-ni la Assemblea ni Omnium Cultural, más parecidos a dos partidos políticos que otra cosa, son propiamente sociedad civil--; ha potenciado la locura de la CUP; se ha distanciado al máximo del resto de una España a la que necesita y se ha convertido en motivo de inquietud para todas las cancillerías europeas, comenzando por la vecina Francia. Imposible cometer más dislates en menos tiempo.

Como es también casi imposible entender a estas alturas por dónde va el proceso. Hace apenas una semana, Mas amenazaba con no convocar las elecciones 'plebiscitarias' (así las llaman) ante la proliferación de candidaturas secesionistas y ante el riesgo de quedarse él fuera del propio proceso electoral que él mismo desencadenó. Ahora, entre él y su receloso socio Junqueras han parido una candidatura encabezada por un semi desconocido, Raul Romeva, primando tanto a la Asamblea como a Omnium y decretando la anomalía de que será el cuarto de la lista, es decir, el propio Mas, quien ocuparía la presidencia de la Generalitat en caso de que ganase 'su' lista. Que, por cierto, corre el riesgo de ganar, incluso con margen suficiente como para que Convergencia y Esquerra, apoyados por esa falsa 'sociedad civil' a la que dicen representar Muriel Casals y Carme Forcadell, pudiesen formar un Govern inestable, muy inestable. Y, por tanto, enormemente peligroso.

Y corre el riesgo de ganar entre otras cosas no porque la mayoría de los catalanes sea independentista, sino porque, desde el otro lado, se han cometido aún más errores que en el bando secesionista: se desdeñó la idea de Albert Rivera -la gran esperanza antiseparatista- de crear un frente contra la independencia; desde el PP, en lugar de acercarse a ellos, se ha combatido sutilmente a Ciudadanos; en el PSC han proliferado las tendencias y opiniones más variadas, generando un clima de desconcierto entre quienes apoyaban al socialismo catalán... Y eso, claro, para no citar los disparates históricos de Zapatero con 'sus' tripartitos, presididos primero por Maragall y después por Montilla, traicionando las promesas que se habían hecho a Mas.

De nada de esto tiene la culpa el Monarca, que ha intensificado sus viajes a Cataluña difundiendo tácitamente mensajes de concordia y de calma: histórica aquella fotografía en la que aparece conduciendo un automóvil llevando a Mas como copiloto. ¿Qué se dijeron entonces, qué se habrán dicho ahora? Obviamente, cuando escribo estas líneas lo ignoro. Solo sé que el Rey, que es el personaje 'político' --si así puede decirse- más popular de España (Cataluña incluida), tiene que intensificar, como en un momento dado hizo con éxito la reina Isabel II en el Reino Unido, la sensación de que él es el jefe del Estado español, de todo el Estado; un Estado que tiene sus peculiaridades territoriales y en el que cabrían también asimetrías en la marcha de algunas autonomías. Creo que tenemos una oportunidad única de que un gran rey, como lo es sin duda Felipe VI, sea quien empiece a encauzar el enorme problema territorial que la miopía de muchas generaciones de políticos, en Barcelona y en Madrid, ha ido generando.

Y no, el problema que nos sirve en bandeja un irresponsable Artur Mas no se arregla a base de declaraciones enfáticas, y desde la lejanía, en el sentido de que "Cataluña no será independiente", ni subrayando que "el Estado tiene mecanismos legales para impedirlo". Hace falta eso, pero también algo más que eso. Hace una semana, escribí una columna sugiriendo que tal vez Mariano Rajoy tuviese razón en su política de dejar que las cosas se pudran; en ese momento, las posibilidades de que se celebrasen esas 'elecciones plebiscitarias' (así las llaman ellos), con un Mas irritado con sus socios por dejarle fuera de la jugada, eran grandes. Ahora, esa veleta inestable que es la política catalana presenta las cosas muy de otra manera, y mis críticas anteriores a la inmovilidad de Rajoy vuelven a cobrar sentido. Lo dicho: siempre nos quedará Felipe VI... Menos mal.

OTR Press

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