La semana política que empieza.- La vuelta a Tsipras en 83 días.

Publicado 06/07/2015 12:00:15CET

MADRID, 6 Jul. (OTR/PRESS) -

Cada minuto que pasaba en este domingo en el que todos los periódicos del mundo titulaban con frases como 'Europa se la juega' o 'el destino de Europa, en manos de los griegos', el paralelismo entre Alexis Tsipras y Artur Mas, siempre teniendo en cuenta todas las distancias, se me hacía más evidente. Y ¿en qué pueden parecerse dos políticos distintos y distantes, que seguramente de nada se conocen y cuyos planteamientos ideológicos se sitúan en las teóricas antípodas el uno del otro? Siendo todo eso cierto, me parece que, en el fondo, las similitudes y las consecuencias de la actuación de ambos son de mayor envergadura que las diferencias. Los dos tienen los conceptos 'independencia' y 'soberanía' por bandera, aunque se trate de escalas no equivalentes, por supuesto; los dos han acentuado una crisis que ya venía de lejos y de cuyo origen no son culpables; ambos han utilizado el referéndum como palanca democrática para sus fines últimos; los dos están conduciendo a los ciudadanos que de ellos dependen, y a muchos que no dependen de ellos, a la catástrofe. Y lo peor es que me parece que tanto Tsipras como Mas, a los que adorna un indudable mesianismo que les lleva a 'sacrificarse' épicamente por sus ideales, lo saben.

La verdad es que se me hace difícil entender cómo es posible que millones de griegos y cientos de miles de catalanes puedan seguir a personajes como los que cito, obviamente nocivos para el destino de sus pueblos. Tsipras, Syriza, los griegos en su totalidad, Europa entera y el resto del mundo sabían que la convocatoria del referéndum de este domingo acabaría mal, fuese cual fuese el resultado de la consulta. Mal, en primer lugar, para el propio Tsipras, del que ahora todos desconfían, y para su partido, que sale dividido del envite. Mal, luego, para Grecia y, de rechazo, para el conjunto de la UE. Ha sido un referéndum inútil, como lo son todos aquellos que apelan a la pasión y no a la razón, a la 'soberanía frente a las injerencias europeas' y no a una reflexión acerca de hacia dónde va el país, sobre qué errores propios se han cometido y de cómo se puede negociar para evitar que los errores ajenos caigan sobre la propia cabeza.

No me diga usted que todo esto no le suena en el caso catalán. El cúmulo de equivocaciones, contradicciones, corruptelas, pasos atrás y saltos en el vacío hacia adelante de Artur Mas y sus siempre desacertados consejeros acabará en unas elecciones mal planteadas, que nadie quiere y que perderá quien las convocó. Con el correspondiente daño a sí mismo, a su partido, a Cataluña en general y, de paso, al conjunto de España y, cómo no, a una Europa que mira anonadada un nuevo intento de fraccionarla. Artur Mas sabe, o supongo que sabe, que en la noche del 27 de septiembre su carrera política habrá terminado. Y para esto faltan 83 días, solo ochenta y tres días. Será un apestado político encantado de haberse conocido, un mártir de una causa de la que abominaba hace apenas una década.

Creo que Europa, en el caso de Grecia, y el Gobierno central, en el de Cataluña, podrían haber hecho mucho más de lo que han hecho para evitar ponerse al borde del abismo. Ni la dureza, ni los silencios, ni el darse la espalda, ni el esperar a que el errado se hunda en su soledad, son a estas alturas, me parece, las recetas adecuadas. Seguro que, contra la realidad y la verdad, Artur Mas clamará que a Cataluña 'Madrid' la ha asfixiado como las estructuras de la UE han asfixiado a Grecia. Es, desde luego, una gran mentira; pero sí se podrían haber arbitrado medidas, estrategias y tácticas de estadista para impedir que las cosas llegasen hasta donde han llegado, empezando por reconocer la asimetría del Estado: Cataluña no es una autonomía como La Rioja, ni como Madrid, y precisa, por tanto, de un trato específico. Negarse a reconocerlo, como han hecho Rajoy y, antes que él, otros muchos, nos ha llevado a donde ahora nos encontramos: a ochenta y tres días de distancia de un abismo cuya profundidad ahora mismo ignoramos. O sea, como lo de Grecia.

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