Francisco Muro de Iscar.- El año empieza el 7 de enero

Publicado 08/01/2015 12:00:11CET

MADRID, 8 Ene. (OTR/PRESS) -

Empezamos el año nuevo con siete días de retraso -algunos dejaron el trabajo antes de Nochebuena y no lo han recuperado hasta después de Reyes, aunque eso es mucho mejor que los que lo terminaron sin trabajo y lo han empezado igual...-, y casi todos nos hacemos propósito de cambio, que luego no cumplimos. No estaría mal que tratáramos de poner la mente en positivo y buscar lo que puede ayudar a mejorar el mundo, en lugar de centrarnos en lo que contribuye a hundirlo.

En estas dos semanas de fiestas, la mayor parte de los políticos -excluidos los prescindibles mensajes de Navidad de los presidentes autonómicos- han estado callados e, incluso, muchos de ellos no han hecho nada ni han aparecido por ningún sitio. Y el país ha seguido funcionando y hasta mejor si me lo permiten. No estaría mal que tomaran nota y moderaran sus apariciones hasta las elecciones. Pueden seguir el ejemplo de Podemos. Cuanto menos hablan ellos, mejor les va, porque el trabajo sucio se lo hacen los demás partidos. Galbraith decía que "la política es el arte de elegir entre los desastroso y lo insípido" y Kissinger, que sabía más de lo primero que de lo segundo, añadía que "lo ilegal lo hacemos inmediatamente; lo inconstitucional nos cuesta un poco más". Eso se puede aplicar a casi todos los gobiernos de casi todos los países en casi todos los tiempos. Si los gobiernos hicieran menos, lo indispensable, seguramente todo funcionaria mejor.

Bastaría con que todos buscaran el lado bueno de las cosas, la parte positiva de los aciertos, sean de quien sean, y propusieran medidas que no les beneficiaran a ellos sino a todos los ciudadanos para que el país funcionara mejor. Si, por ejemplo, todos pusieran el acento en que la educación es sacrificio, esfuerzo, aprendizaje permanente, seguramente, los índices de abandono escolar serían mejores que los que tenemos por haber practicado la política contraria durante décadas.

Si los gobernantes, del color que sean, gobernaran para todos y no sólo para los suyos o contra los que piensan diferente, nuestras leyes serían más justas y más eficaces. Si cada comunidad autónoma no hiciera su propia ley sobre cualquier materia, lo que provoca una selva legislativa y una mayor inseguridad jurídica, seguramente los inversores extranjeros y los emprendedores nacionales o extranjeros tendrían más fácil crear proyectos con futuro.

Si los políticos en lugar de hablar todo el tiempo sobre sí mismos, para los suyos o en contra de los otros, invirtieran la mitad del tiempo en hablar a los demás, a los ciudadanos, con un lenguaje sencillo, transparente y honesto, otro gallo cantaría. El problema es que están instalados en un área confortable de la que no quieren salir, ni tampoco quieren dejar entrar a nadie, porque fuera hace mucho frío. Hay que cambiar muchas cosas porque sin riesgo no hay futuro. Y afrontar unidos los retos reales -como el del terrorismo o el populismo demagógico- que afectan al núcleo de la democracia.

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