Francisco Muro de Iscar.- Españoles por el Mundo.

Actualizado 19/10/2015 12:00:40 CET

MADRID, 19 Oct. (OTR/PRESS) -

Son Juan José (República de Centroáfrica), Regina (Senegal), Eduardo (Filipinas), María (Ghana), Joaquín (Chad), Antonio (Vaanatú), Natividad (Haitì). Y muchos más. Las mujeres son mayoría, seguramente porque están dispuestas a tomar más riesgos que nadie. Hay muchos jóvenes, pero la mayoría están por encima de los 70. La mayor parte lleva treinta o cuarenta años fuera de España en los lugares a donde nadie quiere ir y de donde todos huyen cuando estalla el conflicto o la epidemia. Ellos y ellas, no. Cuando estalla una guerra, arriesgan su vida para proteger a los más débiles, se enfrentan a soldados armados que no respetan nada. Algunos han sido secuestrados o asesinados. Muchos han enterrado a niños. A demasiados niños inocentes.

En lugar de llamar a la violencia o de ser parte de la destrucción compulsiva y sin sentido, siguen hablando de perdón y de amor. Levantan escuelas, hospitales y casas cuna, construyen pozos, ofrecen formación a las mujeres para sacarlas de la miseria o de matrimonios no deseados, buscan salidas a la marginalidad más extrema. Cada vez que alguien destruye una esperanza --una casa, una escuela, un hospital-- ellos inician la reconstrucción.

Cada vez que una persona es víctima de una violación de sus derechos, del terror o del miedo, ellos tratan de recuperarla para que pueda tener una vida digna. Cada vez que son perseguidos o amenazados, incluso cuando les obligan a cavar su propia tumba, perdonan. Y enseñan a perdonar. Colaboran con los imanes y dan refugio en sus centros a musulmanes perseguidos. Acogen a cualquiera que sufra persecución por su color, su raza, su religión, su condición sexual... Son los misioneros españoles, religiosos y laicos, que están por todo el mundo. Hasta 13.000. En 140 países. En todo el mundo.

Este domingo, la Iglesia española ha celebrado el Domund. Un reconocimiento a la labor de estos hombres y mujeres que están dando su vida por los demás. No son de una pasta diferente, aunque lo parezca. Simplemente son consecuentes con su fe, con su decisión de evangelizar desde el respeto a las otras culturas y tradiciones, de hacer el bien sin pedir nada a cambio. No se entiende su papel sin la fe que profesan. Casi todos han tenido momentos profundos de oscuridad.

¿Cómo no tenerlos ante la enorme injusticia de la miseria más terrible, del odio que mata, de la falta de agua o de medicinas o de oportunidades para tantos millones de personas? Pero no se rinden. Eligieron llevar el mensaje de liberación, de hermandad y de amor a los lugares donde nunca había llegado. El mensaje del Evangelio.

Cuando vuelven a España, los pocos que vuelven, los laicos no tienen derecho al desempleo y los religiosos deben esperar dos años para tener derecho a asistencia sanitaria. Cuando éstos últimos se jubilan sólo tienen derecho a una pensión no contributiva. Lo dan todo, no tienen nada, no piden nada para ellos, se juegan la vida. La dan en beneficio de otros. Son el primer refugio de los que no tienen nada. Misioneros españoles por el mundo. Toda una lección.

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