Francisco Muro.- Orgulloso de la Constitución

Publicado 04/12/2017 8:00:18CET

Estamos de aniversario y de celebración. Todos sin excepción. Los que creemos y constatamos que la Constitución de 1978 nos ha dado el mayor período de democracia de nuestra historia y que con ella nos hemos incorporado al territorio de la igualdad y de la libertad. Pero también es tiempo de celebración para aquellos que no creen en ella, para los que quieren cambiarla, incluso para los que quieren acabar con ella, porque sólo gracias a sus normas tienen la libertad de oponerse a ella y defender sus posiciones en libertad, aunque sean una minoría. Los que vivimos aquel proceso, los que sabemos de donde veníamos y dónde estamos, los que conocimos tantas renuncias y tantos compromisos, los que hemos visto construir esta España de hoy, sentimos un legítimo orgullo de esta Constitución para la convivencia, de esta norma de derechos, de garantías y de libertades. Ha sido y es una buena Constitución. Decía Ortega que "vivir es esencialmente y antes que ninguna otra cosa, estructura: una pésima estructura es mejor que ninguna".

La Constitución del 78 es una sólida estructura, aunque sin duda necesita retoques para mejorarla, porque los cambios sociales y de todo tipo de estos cuarenta años han sido como los que se producían antes en dos siglos. Pero hay que tener cuidado, porque esa reforma exige un consenso similar al que se produjo en los años setenta y unos valores morales y sociales similares a aquellos sobre los que se constituyó la democracia española, la primera que, de verdad, merece ese nombre en nuestra larga historia como nación. Y también la misma generosidad de todos, al margen de su color político y de los daños pasados Y como no parece que los políticos de hoy estén en la mínima disposición siquiera de intentarlo, tal vez hay que pensar en otros caminos. El primero, el desarrollo de muchas de las competencias constitucionales que no se han desarrollado, y el cambio de leyes que han demostrado, éstas sí, que están obsoletas y que perjudican y entorpecen la gobernabilidad y que dañan la democracia. Y todo ello con la unidad real, y no ficticia ni interesada ni ocasional de todos los que respetan esa norma de normas. Cada resquicio en ese bloque, cada incapacidad para el diálogo, cada paso hacia el bloque contrario es una fisura peligrosa, que los padres de la Constitución no quisieron permitirse. Se lo exigían los ciudadanos.

Es cierto que hay una mayoría de españoles que considera necesaria una reforma de la Constitución y que sería bueno sumar a los disconformes, como sucedió en el 78. Pero como las discrepancias de fondo y de forma son tan grandes, tal vez sería mejor seguir buscando consensos y aparcar la gran reforma hasta que esté madura. Ni una reforma de la Constitución va a solucionar el problema catalán ni es bueno sembrar falsas expectativas.

Podemos seguir adelante con la actual Constitución, haciendo reformas puntuales, incrementando el diálogo y el pacto, acabando con el oportunismo, cambiando la ley electoral, ejerciendo las competencias que son del Estado y dando cancha a las autonomías en lo suyo, aumentando la transparencia y la cercanía con los ciudadanos, siendo aún más duros con la corrupción. Poniendo en valor la política y explicándola para que los ciudadanos no se alejen más todavía de ella. Feliz aniversario, Constitución del 78.

OTR Press

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