Actualizado 13/03/2007 01:00 CET

Isaías Lafuente

MADRID, 13 Mar. (OTR/PRESS) - La fortaleza de una nación no se mide por la cantidad y el tamaño de las banderas ni por el fervor que despierten sus himnos. Ni la de los partidos, por la capacidad de movilizar a sus simpatizantes en las calles. Esto último, como el valor a los soldados, se les supone. Confundir fuerza con fortaleza, masa con pueblo, bandera con pancarta, clamor con voz ciudadana, es equivocar las cosas en democracia. Terminar un mitin con el himno nacional, aunque le emocione a Acebes y no sea estrictamente ilegal, es algo impropio.

Restar valor a la impresionante manifestación promovida por el PP el pasado sábado, ignorándola, es un error. Pero es un error aún mayor intentar dotar a la concentración de efectos que, en democracia, sólo pueden conseguirse legítimamente por la vía de las urnas. El 12 de marzo de 2004 una multitud de ciudadanos se lanzó a las calles convocada por un gobierno que, dos días después, pasó de la mayoría absoluta a la oposición, con el mayor número de votos cosechados en su historia, por la libérrima voluntad popular expresada por los votos.

Rajoy es muy libre de convocar cuantas manifestaciones considere convenientes. Pero no es a él a quien corresponde decidir la caducidad de un gobierno. "¡Que hablen los ciudadanos!", reclamó el pasado sábado. Pero en una democracia no es quien convoca manifestaciones el que tiene el poder para convocar elecciones, sino el que las ha ganado previamente. Y si no quiere esperar, el líder del principal partido de la oposición tiene la opción de presentar una moción de censura. Esas son las reglas del juego y su respeto es el que mide la fortaleza de una nación y la de los líderes que aspiran a gobernarla.

Un respeto también hubieran merecido las víctimas del 11M en la semana en que se conmemoraba el tercer aniversario de la matanza. Elegir la víspera como fecha de la manifestación e ignorar a los muertos del mayor atentado terrorista de la historia de Europa en el discurso con el que Rajoy cerró la marcha fueron indelicadezas incomprensibles.

El acto con el que se inauguró en Madrid el monumento que recordará para siempre a las víctimas de la brutal masacre no tuvo ni banderas ni himnos ni una multitud que abarrotara las calles, pero su dignidad estuvo a la altura de la manifestada en este tiempo por quienes sufrieron el zarpazo terrorista. Ahora sólo queda que la justicia termine de hacer su trabajo.

Isaías Lafuente.

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