MADRID 2 Nov. (OTR/PRESS) -
El mapa político catalán viene demostrando una muy escasa capacidad para su propia modificación, empezando por la también escasísima afición al voto de sus electores. Como en el referéndum del Estatuto, también esta vez tuvo severas dificultades para llegar a votar siquiera la mitad de los 5,3 millones con ciudadanos catalanes con derecho a hacerlo. De manera que, en teoría, el Parlamento que ha quedado renovado en la consulta de este miércoles, día de Todos los Santos, apenas reproduce la voluntad de esa mitad de los catalanes. Y éstos, bien es cierto, modifican levemente el escenario anterior: hay algunas escasas elevaciones y bajadas de apoyo popular, también ya anticipadas por los analistas y las encuestas.
En esencia, bajan socialistas, republicanos y populares, y sube Iniciativa, y se mantienen los Convergentes, pero todos con notable moderación y sin que se pueda hablar de descalabro de nadie. El mapa apenas padece retoques. Salvo por la única gran y relativa sorpresa que pudo llegar a atisbarse ya a la luz de la encuesta "a pie de urna", así como en algunas anteriores durante la campaña, y que ratificaron los escrutinios: la aparición en escena de una nueva fuerza política parlamentaria, Ciutadans, antinacionalistas catalanes que posiblemente rebajaron la cuota del PP de Piqué y Rajoy.
Dicho lo cual, y a la luz de un escrutinio que avanzó rapidísimamente, las posibilidades de pacto de gobierno inicialmente volvían a reproducirse, eliminándose poco a poco alguna: primera, el apoyo del PP a CiU, que ya estos últimos habían desestimado ante notario. De nuevo aparecían luego, en un primer momento, sobre todo, y descartada la 'socioconvergencia', dos posibilidades, la primera de las cuales apenas se mantenía viva por la suma matemática de los 'nacionalistas reunidos', por la conjunción de las fuerzas de Mas y de Carod. ¿Sumaban escaños suficientes, o quedaban tan sólo a falta de uno o dos nada más? Esa pasaba a ser la gran incógnita de la noche electoral.
Si esa eventualidad de alcanzar la mitad del nuevo Parlamento no se producía, siquiera por exclusión, se hacía imprescindible la repetición del tripartito, con Montilla encabezando el grupo de Carod y Saura que en la anterior y abreviada legislatura lideró Maragall. Desde luego, parece que se puede garantizar que Montilla no tendrá comportamientos parecidos a los de su antecesor en el liderazgo socialista. La rebaja de votos a ERC, por consiguiente, mantenía el gran suspense del 1-N: ¿Nacionalistas de CiU y ERC, o nuevo tripartito? Con esa otra gran novedad, la llegada al Parlament de Ciudadans, la sorpresa era, precisamente, que ERC "podía haber perdido la llave" que pudo haberle permitido elegir "molt honorable". Pero el escrutinio tardó en resolver esa incógnita. En cuando al sucesor de Jordi Pujol, Artur Mas, ha vuelto a "padecer una victoria" a todas luces insuficiente, de mayoría no absoluta, y que le mantiene en una posición sumamente incómoda: Tan sólo le queda regresar a la oposición, por esa "pérdida de la llave" de los republicanos de Carod. Artur Mas reclamó una y otra vez durante la campaña la necesidad de disponer de garantías de que el partido más votado sería el encargado de gobernar. Pero es una garantía que nadie quiso concederle, y mucho menos quienes vuelven a ser sus adversarios y rivales a la hora de una nueva legislatura parecida, pero sólo parecida, a la anterior, en los integrantes de su gobierno.
José Cavero