MADRID 23 Oct. (OTR/PRESS) -
Para que no haya confusión posible, lo vuelvo a reiterar: espero que Benjamín Netanyahu pierda las elecciones el próximo 27 de octubre. Y lo espero por el bien de Israel.
Netanyahu ha sido una 'máquina' a la hora de aumentar el antisemitismo en el mundo, especialmente en Europa y Estados Unidos, donde se ha ido quedando sin aliados por su respuesta brutal al ataque, igualmente brutal, perpetrado por milicias palestinas el 7 de octubre de 2023.
Pero a la hora de medir la brutalidad, es evidente que la de Israel ha superado con creces la de sus enemigos.
Las políticas de Netanyahu han convertido a Israel en un 'estado paria' al perder el respeto del resto del mundo.
Pero Benjamín Netanyahu no solo ha provocado el repudio de la comunidad internacional; también ha dividido y debilitado a la sociedad israelí, que ha visto cómo los cimientos de su democracia han sido pisoteados por el actual primer ministro y la coalición que le sustenta.
El país está tan dolido como dividido. El estado de ánimo de los israelíes está por los suelos, en primer lugar porque se han descubierto vulnerables y se preguntan cómo pudieron fallar los cuerpos de inteligencia, que o no se enteraron de lo que se estaba cocinando en Gaza o simplemente no supieron evaluar correctamente la posibilidad de que se desatara un peligro del alcance del sufrido aquel 7 de octubre.
Descubrirse vulnerables ha afectado al estado anímico de toda la sociedad israelí, y si se demuestra que el mismísimo Benjamín Netanyahu había sido advertido de esa posibilidad, entonces no habrá perdón para él.
Al mismo tiempo, ninguna sociedad democrática -y la israelí quiero seguir creyendo que lo es- puede soportar impasible la brutalidad de la respuesta que su gobierno ordenó en Gaza.
Los demócratas, sean del color que sean, no pueden avalar, siquiera con su silencio, la matanza de civiles indefensos.
De manera que el próximo 27 de octubre lo que está en juego no es solo quién gobernará Israel, sino si este país será capaz de volver a la casilla de salida en el aprecio de la comunidad internacional.
Netanyahu y su gobierno vienen actuando, además de con una crueldad inusitada, con una absoluta falta de inteligencia.
Respaldar a los colonos extremistas en sus ataques a la población palestina en Cisjordania es un error no solo imperdonable, sino que además conduce a seguir agitando el avispero del odio.
No habrá paz en la región hasta que no haya dos Estados que se reconozcan mutuamente, que renuncien a posiciones maximalistas por otras posibilistas. La paz solo será posible con renuncias de unos y de otros, de israelíes y palestinos. Y tan peligrosos son para la causa de la paz Netanyahu y quienes le secundan como Hamás y otras organizaciones armadas palestinas.
Por eso las elecciones del 27 de octubre son trascendentales. O la sociedad israelí se reencuentra con los valores que fueron la base en la construcción de su país, o convertirán irremediablemente a su nación en un paria en el concierto internacional y habrán perdido la batalla definitiva.