MADRID 23 Oct. (OTR/PRESS) -
El PSOE, y no precisamente el denominado 'sanchismo', junto con el PP son los dos grandes partidos de España. Con sus defectos, contradicciones, lados oscuros y otros luminosos, son los que han hecho posible, con apoyos puntuales de otros partidos, que nuestro país haya superado con más éxito que fracasos estos cincuenta años de democracia.
Son grandes, los más grandes de España y, sin embargo, se han convertido en dependientes, muy dependientes de los extremos, de modo y manera que, de cara a las elecciones del 29 de noviembre, se habla más de acuerdos postelectorales que de programas y se hacen más cábalas sobre las eventuales sumas de los bloques (el muro es de hierro) que de los resultados concretos de cada cual. No importa que el socialismo baje si logra sumar con sus extremos y al PP no le quita el sueño, incluso, perder algún escaño si logra sumar con Vox, que es el otro extremo.
A lo largo de la historia se han conseguido muchos logros porque nunca se pensó que eran imposibles. En esas estamos. Parece imposible superar el dichoso y peligroso muro levantado por Sánchez, pero en política casi nada es imposible si se pone voluntad para hacerlo posible.
España tiene por delante retos muy importantes que no se solucionan con decretos de última hora ni haciendo del antisanchismo el núcleo duro del discurso. Se hace necesaria una clara determinación de ir derribando el muro, porque nuestro país necesita grandes acuerdos en asuntos fundamentales como son la política exterior, la vivienda, la economía doméstica, las infraestructuras, la política fiscal, etc.
Se trata no de conseguir acuerdos cerrados y de máximos. Se trata de que los dos grandes partidos, en algún momento, sean capaces, con serenidad, sin insultos, sin maximalismos, de acercarse a un diagnóstico de mínimos. Lo que pudieran acordar representaría a una inmensa e indiscutible mayoría de ciudadanos, porque entre PSOE y PP rebasan con creces cualquier acuerdo que uno y otro puedan alcanzar con aquellos que necesitan para gobernar.
Me temo que, como se considera imposible cualquier acercamiento, una vez celebradas las elecciones seguirá siendo imposible y así tendremos que sobrevivir a este agotador y lamentable muro que solo genera desafecto, cansancio y hartazgo.
Y me temo que quien lea estas líneas pueda llegar a la conclusión de que abogo por el bipartidismo imperfecto, por ese que respeta y escucha a las minorías pero que es capaz de compartir unas mínimas ideas esenciales para la buena marcha del país. Me temo que así sea y tienen razón. Abogo por el bipartidismo imperfecto porque la alternativa la estamos viendo con toda su crudeza en muchos países europeos donde tanto la socialdemocracia como la derecha tradicional están siendo tragadas o vapuleadas por sus extremos, y los extremos nunca han resuelto nada, más bien al contrario. Militan en el adanismo y ven con satisfacción cómo los grandes se llevan las manos a la cabeza pero son incapaces de mirarse a sí mismos, porque si los extremos cobran protagonismo es porque ellos, los grandes, han dejado abiertas las rendijas suficientes para que ellos, los extremos, se cuelen. Algún día, los grandes tendrán que hacer examen de conciencia y preguntarse eso de qué hemos hecho para llegar a esto.