Rafael Torres.- Demuestre que no es un robot

Publicado 30/10/2018 8:03:18CET

MADRID, 30 Oct. (OTR/PRESS) -

Los robots nos liberan del trabajo, pero no del paro. La ingeniería industrial ha ido sustituyendo a los trabajadores humanos por robots, y hasta para las pequeñas faenas que proporcionaban empleo, siquiera uno modesto y estacional como el del envasado de fruta o de hortalizas que daba vidilla y pan a núcleos rurales dejados de la mano de dios, ya no se requiere la mano conectada a un cerebro que piensa, a un corazón que siente y a una voz que reclama.

Los robots nos liberan del trabajo, que es la manera "fake" de decir que nos lo quitan, pero de su salvaje proliferación no hemos sido conscientes hasta demasiado tarde. Las máquinas, ya devenidas en robots, van conquistando el pleno empleo mientras los trabajadores de toda la vida, mucho menos rentables al parecer, van quedando como gravosas y anacrónicas rémoras que cualquier Bolsonaro acabará por esterilizar, que es lo que el fascista brasileño quisiera hacer con los pobres, pero en medio de esa invasión de ultracuerpos sin cuerpo quedan sitios donde no quieren saber nada de los robots, si bien esos sitios son a su vez robóticos: algunas páginas "web" de Internet y la propia nube donde habitan, y son saqueados cada dos por tres, nuestros correos electrónicos.

En efecto; cuando uno busca, por ejemplo, información sobre la cosecha de la patata temprana, o acude a consultar su correo, Internet se bloquea ante el temor de que uno sea un robot. Cree el ladrón, sin duda, que todos son de su condición, y esa creencia lleva al artefacto a emplazarnos imperativamente a demostrarle que uno no es un robot. ¡Oh, Dios! ¿Cómo puede uno demostrar tal cosa? Para hacerlo, el robot que nos interpela nos propone la realización de una especie de puzle, o como un perro boca abajo que hay que enderezar con unas flechas.

Curiosamente, y como no podía ser de otra manera, se ha descubierto que a los robots de verdad se les da mejor resolver lo del puzle y lo del perro que a los humanos, que tardan en reponerse de semejante marcianada, pero, bueno, nos queda, si finalmente salimos airosos de la gilipollez, la satisfacción de haberle demostrado al robot que no somos robots, y de poder adentrarnos sin mayores añagazas en los arcanos de la patata o en los mensajes que, generalmente, otros robots nos mandan.

Los robots nos quitan el trabajo, pero no el miedo que nos dan.