Actualizado 03/05/2007 02:00 CET

Rafael Torres.- Al margen.- Menos crispación

MADRID, 3 May. (OTR/PRESS) -

Dos cosas buenas tienen los puentes recurrentes y descomunales que atormentan la economía de la nación y distorsionan la vida cotidiana, no sé si normal, de sus habitantes: el eventual disfrute de ellos que pueden extraer los particulares y, sobre todo, que ciertos políticos también hacen puente y desaparecen, o bien mengua considerablemente su presencia en los medios de comunicación.

Así, aunque de la primera ventaja de los puentes puede derivarse (con tanto ocio y un más estrecho y hasta promiscuo trato con vecinos, allegados y familiares) un aumento de la crispación personal, del segundo sólo puede resultar una disminución drástica de la misma en el plano colectivo, tal es la paz que dejan los que de continuo se dedican a encizañar.

Sin embargo, no son esos politichuchos con alma de reyerta los que se inventan la crispación, pero sí los que le otorgan una intensidad desquiciada e insoportable. La vida, la vida diaria, ya contiene demasiados elementos que la provocan: el todavía paupérrimo funcionamiento de los servicios públicos, el ruido espantoso que ningún partido en sus ofertas electorales promete atajar, el imperio absoluto del automóvil, el trato que Hacienda dispensa a menudo al probo ciudadano, la lentitud de la Justicia, la mala educación general, las tensiones de la convivencia, la masificación, el culto al dinero, las añagazas de la carretera, el precio de las cosas, los ladrones encorbatados que habitan entre las personas decentes y las saquean, la violencia contra los niños y contra las mujeres, la impuntualidad, la ignorancia, la desidia... Que haya tipos que, so capa de venir a salvarnos no se sabe de qué, añadan las gotas de crispación que le faltan al vaso de la paciencia para desbordarse es, qué duda cabe, un delito de lesa política y hasta de lesa humanidad. Y los hay, encima, que no hacen puente.

Rafael Torres

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