Rafael Torres.- Al margen.- Odio a la inteligencia.

Actualizado 19/09/2009 14:00:20 CET
Actualizado 19/09/2009 14:00:20 CET

Rafael Torres.- Al margen.- Odio a la inteligencia.

MADRID, 19 Sep. (OTR/PRESS) -

Los maestros y los profesores encarnan, siquiera simbólicamente, la cultura y el saber, y esa es la razón por la que una buena porción de los adolescentes de hoy les desprecian. Sin embargo, no se produce en ellos esa execración del conocimiento por generación espontánea, sino que es remedo y continuación de la de sus mayores, de quienes les hicieron así. O dicho de otro modo: el desprecio por la cultura y el refinamiento intelectual proverbiales de nuestro país, alimentado en los últimos tiempos (los últimos tiempos pueden ser los que han venido desde la quema de herejes, desde la expulsión de los moriscos, desde el Motín de Aranjuez o desde la Guerra Civil) por una filosofía política y social para consumo exclusivo de analfabetos, no podía cursar de otro modo distinto al que vemos.

Por lo demás, la irrupción y el uso de las nuevas tecnologías (la televisión, el teléfono portátil, los videojuegos...) por los niños y los adolescentes, la ausencia de los padres en su formación por motivos laborales u otros, más el culto a Baco, heredado también, no han hecho sino desquiciar la burricie innata, en nada atemperada ni diluida por un ambiente, casi inexistente en España, de civilización. Así pues, no es raro que a una buena parte de los adolescentes que pueblan las aulas los profesores les parezcan unos majaderos cuya misión es fastidiarles, percepción o sentimiento que les genera, como es natural, una violencia extraordinaria.

Para que esa violencia desatada por la ignorancia al contacto con cualquier intento de instrucción no se siga sustanciando en palizas y vejaciones a los profesores, Esperanza Aguirre, que tampoco es María Zambrano ni Victoria Kent, ha decidido equipararles a los guardias, pero semejante ocurrencia, muy de Aguirre por su disparatamiento esencial, sólo puede conseguir que a los maestros se les odie como maestros y como guardias, y, en consecuencia, que se les quiera zurrar por partida doble. El horror a la inteligencia y al saber, como cosas inútiles o nocivas para abrirse paso en la vida moderna, es lo que arma la boca y la mano del alumno que insulta y que pega.

OTR Press

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