Actualizado 16/06/2007 02:00 CET

Rafael Torres.- Treinta años y un día

MADRID, 16 Jun. (OTR/PRESS) -

Treinta años y un día es un período de tiempo tan inmenso que hasta la peor de las condenas de cárcel se desactiva un día antes. Treinta años y un día, los que hoy se cumplen desde aquellas primeras elecciones tras la muerte de Franco, también es demasiado tiempo, en consecuencia, como para seguir contemplando aquel hecho desde el tópico y el lugar común, de modo que no veo inconveniente en recordar que aquellas elecciones, que pronto traerían el llamado "desencanto" por su condición de sucedáneas y semiamañadas, inauguraron en firme la llamada Transición a la democracia, que, si de una parte, desvela lo apócrifo de su naturaleza transitoria y ocasional por su vigencia, de otra confirma la impresión cada vez más extendida de que, más que una verdadera y pura transición a la democracia, fue una exitosa operación de supervivencia del Régimen anterior, o cuando menos, de lo máximo sobrevibible del mismo.

El gobierno de Súarez que convocó aquellas primeras elecciones carecía de legitimidad democrática al ser producto del designio de una sola persona, el rey, quien a su vez había sido nombrado por Franco. Ilegalizados aún los partidos republicanos (ninguno aparece, por tanto, en la interminable lista de los que concurrieron), los partidos de izquierda que habían defendido la República (PSOE y PCE sobre todo), debieron abjurar previamente de ella y abrazar públicamente, de mejor o peor grado, la Corona. Terrores pasados, miedos presentes, ruido de sables, intimidación de la extrema derecha y escasa o nula formación política de la mayoría debido a los cuarenta años de prohibición absoluta de la política precisamente, son algunos de los ingredientes con los que se guisó aquel puchero que la propaganda, aún hoy, vendió como muy alimenticio y de gusto excelente.

Por lo demás, de aquellos diputados, lo contaba Marín el otro día, sólo quedan cuatro en el Congreso, él uno de ellos, pues el tiempo, esos treinta años y un día, los ha barrido a todos. Del mismo modo, ningún español menor de treinta años votó entonces (ni había nacido), ni al año siguiente la Constitución que, de alguna manera, convalidó todo aquello. Treinta años y un día. Demasiado tiempo para un transición, y más para una vigencia.

Rafael Torres.

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