SANTANDER, 13 Jun. (EUROPA PRESS) -
La Pieza del Mes de junio que el Aula de Patrimonio de la Universidad de Cantabria (UC) da a conocer es el Panteón de la familia Del Sel, en Castro Urdiales.
La web de la Universidad (http://www.unican.es/Aulas/patrimonio) ya dispone de un completo dosier informativo que permitirá a los curiosos conocer un poco mejor esta particular obra de arte funerario situada en el cementerio de Ballena.
El panteón Del Sel fue diseñado por Leonardo Rucabado para la familia de su mujer, convirtiéndose finalmente en el lugar en el que él mismo fue enterrado. Su ejecución, en 1909, correspondió a los Cossío y Molina, escultores decoradores de Bilbao.
Destaca por su curiosa ornamentación, así como por sus grandes dimensiones, que lo convierten en uno de los mausoleos más grandes de todo el camposanto.
Está realizado en bronce, mármol y piedra caliza de las canteras de Escobedo y presenta un podio de aristas curvadas en la parte superior, al que acompañan halcones encapuchados en las esquinas y un trabajo en bronce de tintes modernistas, semejante a los remates de los balcones de la casa de Tomás Allende de Bilbao (1908).
Sobre el podio se sitúa el sarcófago y a su lado la figura de un ángel-mujer cuyo vestido y tocado a modo de áspid nos remiten al mundo egipcio, al igual que el halcón y el obelisco levantado junto al ángel. A ello hay que añadir los escarabajos ornamentales de bronce que se encuentran en los laterales del sepulcro y que, según la tradición egipcia, tenían la propiedad de comenzar a existir espontáneamente.
El ángel avanza en actitud protectora y, tal y como es habitual en otras representaciones de la época, porta una corona entre las manos, mientras que con la otra sujeta una larga trompeta. La presencia de ángeles en los cementerios decimonónicos fue muy común. Lejos del carácter justiciero y apocalíptico que tuvieron en el Barroco, recreaban el triunfo sobre la muerte y la seguridad de una vida en el "más allá".
CEMENTERIO DE BALLENA
El cementerio de Ballena de Castro Urdiales, declarado Bien de Interés Cultural en 1994, fue proyectado por Joaquín Rucoba y Octavio de Toledo hacia 1893 con el fin de sustituir al original, de reducidas dimensiones, situado junto a la iglesia de Santa María. Se levantó asomado al mar, al igual que otros cementerios de la cornisa Cantábrica, coincidiendo con el proceso de ensanche urbanístico que tuvo lugar en la villa castreña a finales del siglo XIX.
Su planta responde al tipo habitual de camposantos realizados en los municipios de cierta entidad del norte peninsular, a los que se dotó, entre otras cosas, de alcantarillado y avenidas asfaltadas, así como de panteones que se asoman a dichas avenidas como los edificios a las calles.
Se organiza en calles paralelas claramente jerarquizadas, de modo que las clases más acomodadas se ubicaron en las zonas que gozaban de mejores perspectivas y ventilación, así como del terreno más duro, capaz de asegurar criptas más sólidas y mejores condiciones de humedad para la conservación de los cadáveres.
En la construcción de los panteones para las familias más acaudaladas de la burguesía local y vizcaína (los Ocharan, Goicuria, Rucabado, Artiñano, Carranza) tomaron parte grandes artistas del momento, como Eladio Laredo, Severino Achúcarro y Leonardo Rucabado.