Crítica de La Favorita: El corrosivo esperpento cortesano de Lanthimos

La Favorita
ELEMENT PICTURES
Actualizado 18/01/2019 18:17:02 CET

MADRID, 18 Ene. (EUROPA PRESS - Israel Arias) -

A priori, el cine de época parece uno de los contextos menos propicios para que Yorgos Lanthimos despliegue sus excéntricas y preversas artimañas cinematográficas. Pero el inclasificable cineasta griego vuelve a poner una pica en Flandes -en el corazón de la realeza británica, en este caso- con La Favorita. Un filme desbordante en el que merodea por las cámaras de palacio para reinventar, a su antojo, el día a día más íntimo en la Corte de Anna Estuardo, la primera mujer que reinó en Gran Bretaña, la última monarca de su dinastía y la reina que vio morir a sus 17 hijos antes o poco después de nacer.

Una correría palaciega en la que el director de Canino o Langosta, títulos tan notables como austeros, no repara en gastos a la hora de despegar una opulenta puesta en escena en la que reinan contrapicados y deformantes grandes angulares que como nadie llena su soberbio trío protagonista: Olivia Colman (la Reina), Rachel Weisz (la favorita de su majestad) y Emma Stone (la aspirante a favorita). Las tres ambiciosas, las tres viles y las tres enormes para elevar a la excelencia un relato de deseos, manipulaciones y traiciones con el que, sin renunciar a su singular sello pero sí puliendo algunas de las aristas de sus tics para hacerlos más digeribles, Lanthimos arma un filme magnético, algo divertido y perturbador a la vez, en el que se mueve, sin ningún sigilo, rubor, ni necesidad de transición, entre lo dramático y lo cómico, entre lo romántico y lo grotesco.

Ligera a veces, contradictoria y lacerante otras, La favorita es en realidad una implacable y corrosiva lucha de víboras disfrazada de película de época premeditadamente irreal, casi caricaturesca, plagada de elementos que son una oda a la anacronía -en su banda sonora conviven piezas de Bach, Handel o Vivaldi con el 'Skyline Pigeon' de Elton John- y en la que sibilinas intrigas y enconadas discusiones sobre la guerra, el amor, la política o el sexo -ítems aquí perfectamente intercambiables- sirven a Lanthimos para exponer su incómoda visión sobre la condición humana. Y una vez más el griego vuelve a poner el acento en nuestras bajezas y mezquinades, esas que cuando salen a la luz incomodan tanto a aristócratas como a plebeyos.

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