Imagen de Star Wars: The Rise of Skywalker
Imagen de Star Wars: The Rise of Skywalker - LUCASFILM
Actualizado: miércoles, 18 diciembre 2019 15:13

   MADRID, 18 Dic. (EUROPA PRESS - Israel Arias) -

   Cuando Disney acudió a J.J. Abrams para que salvara el final de los finales, el colofón -al menos en lo que al linaje Skywalker se refiere- de la saga que inició George Lucas hace más de 40 años, sabía perfectamente lo que quería. Y él, que se hizo un poco el remolón, también sabía perfectamente a lo que venía.

   Así que, tal y como era de esperar desde el momento en el que la Casa del Ratón prescindió de Colin Trevorrow, al que mantiene, sorprendentemente, en los créditos del guión, Abrams vuelve a su saga más querida -por la que en su día dejó plantados al Enterprise y Spock- y retoma los mandos del Halcón Milenario para convertir el episodio final de Star Wars en un festival 'fan service' tan disfrutable como previsible.

   El director, que hace pocos días explicó sin sonrojarse por qué 'El Despertar de la Fuerza', inicio de esta nueva trilogía, debía parecerse a 'Una nueva esperanza', arranque de la saga, reconduce la franquicia hacia su senda más continuista, soslayando e incluso corrigiendo algunos de los puntos más polémicos del anterior episodio, la cada vez más apreciable 'Los últimos jedi'.

   La socialización o democratización de la Fuerza que propuso Johnson, y que tan vehemente debate generó, pierde deliberadamente eso, fuerza, convertida en puntual presentimiento de un personaje -que, por cierto, viene coqueteando con ella desde el minuto uno de esta nueva trilogía- o en simultáneo y multitudinario remordimiento. En otros casos, la "corrección" del guión elaborado por Abrams y Chris Terrio ('Liga de la justicia', 'Batman v Superman') va más allá y es directamente radical al abordar aspectos tan capitales como, por ejemplo, el origen de Rey.

   Abrams ejecuta esta enmienda casi a la totalidad de 'Los últimos jedi' con un indiscutible y rotundo sentido del espectáculo y no pocos ases en la manga. Algunos de ellos, con atractivo suficiente como para justificar este nuevo viaje a la galaxia muy, muy lejana: los duelos a sable láser son tan épicos como cabría esperar, las batallas espaciales también están a la altura, la música de Williams es inmensa y la química entre Daisy Ridley y Adam Driver no para de crecer.

   Pero, más allá de ese excesivamente apresurado sentido del ritmo del que adolece su primera hora y del uso de algunos recursos narrativos ciertamente mejorables, el gran hándicap de este episodio final es su miedo a molestar. Abrams dialoga con el material original movido por la obsesión de dar respuestas, siempre lo más canónicas posibles, a casi todas y cada una de las demandas de los fans, articulando sus decisiones -incluyendo sus presuntos giros- desde un compromiso demasiado elevado con los pilares, por lo visto inamovibles, de esta "pseudoreligión" que es 'Star Wars'.

   No hay razones para odiar 'El ascenso de Skywalker', eso solo conduce al Lado Oscuro, pero sí para exigir que en este flamante, y a veces frenético, despliegue de cine-espectáculo haya espacio para despertar emociones genuinas que vayan más allá de la nostalgia.

Leer más acerca de: