Crítica de El vicio del poder: Dick Cheney, el buen pescador

Christian Bale en El vicio del Poder
EONE
Actualizado 11/01/2019 10:55:10 CET

MADRID, 11 Ene. (EUROPA PRESS - Israel Arias) -

Adam McKay repite el tono ácido y las formas singulares con las que deconstruyó en 'La gran apuesta' la crisis financiera mundial para hacer ahora del biopic de Dick Cheney, una de las figuras más opacas y siniestras en la política estadounidense de las últimas décadas, una sátira aguda y libre de corsés. Un filme en el que denuncia y biografía se dan la mano para correr, juntas y despendoladas, a un ritmo endiablado durante más de dos horas de gran cine.

Y es que en 'El vicio del poder' McKay, director y guionista en solitario, no solo hace política con el cine -que también, y mucha- sino que además hace muy buen cine con la política armando un relato punzante, incómodo y divertido que carga a los hombros -que como el resto de su cuerpo ensancha o mengua al capricho de sus personajes- de un pletórico Christian Bale. Apuntalan el desbordante trabajo del protagonista un lujoso plantel secundarios encabezados por la siempre excelente Amy Adams, el juguetón Sam Rockwel y un de nuevo -y esto ya ha dejado se ser noticia- atinadísimo Steve Carell.

Ellos son los principales compañeros de viaje de una figura que, gracias a su insistencia, a sus chanchullos con las petroleras, a la ineptitud de George W. Bush y, sobre todo, a su total y absoluta falta de escrúpulos, logró acceder a la vicepresidencia y convertir un cargo vacío en el centro de poder de un Gobierno que ha pasado a la historia por su deplorable respuesta a los atentados del 11 de septiembre: Una invasión justificada con una sarta de mentiras sostenidas incluso ante la ONU y torturas sistematizadas e infringidas con total impunidad -y con el miedo globalizado como coartada- a miles de sospechosos por delitos de terrorismo.

La insólita y abracadabrante carrera política de Cheney toco techo en el momento en el que -como literalmente, muestra McKay en una de sus más certeras secuencias- se merendaba las leyes a su antojo sin que nadie hiciera nada. Y esto último también se ocupa de subrayarlo convenientemente para hacer que el ascenso del 'vice' también sea sonrojante en el patio de butacas.

"No es bueno ni malo, es pescar", le explica el personaje de Bale a una de sus hijas en otro feliz pasaje que sintetiza perfectamente los rasgos esenciales con los que dibuja a Cheney este premeditadamente sesgado biopic ciclado con un rosario de heterodoxos y variopintos recursos. Desde fragmentos de Shakespeare hasta villanos de cómic, pasando por imágenes de documentales caza y pesca, rótulos, finales falsos e incluso juegos de mesa, todo le vale a McKay para dar de comer a su salvaje criatura, una caricatura en movimiento de las cloacas de Whasington que, en ocasiones por las licencias estilísticas que se toma McKay en su constante 'in crescendo', o simplemente por la naturaleza dantesca de los hechos relatados, no solo roza, sino que incluso se instala (in)cómodamente en el esperpento más grotesco y surrealista.

Pero liberada de sus recursos efectistas, de ese loable empeño por alejarse de los convencionalismos del biopic político al uso, la de 'El vicio del poder' es, además de mucho menos atractiva, una película especialmente desalentadora y dolorosa. Porque la de Cheney, como la de tantos otros, es historia del éxito de un hombre mediocre, ladino y ruin, alguien que tiró la caña una y mil veces y cuyo gran mérito fue tener el estómago suficiente para convertir cualquier tragedia, ya fuera la de su propio partido (Watergate) como la de su país (11-S), en una oportunidad.

Un 'modus operandi' mezquino y execrable, sí, pero tremendamente efectivo. No en vano es, precisamente, el que desde siempre han desplegado, también sistemáticamente, todas esas garrapatas que se apiñan en los oscuros rincones de cualquier centro de poder. Esas que se agarran con uñas y dientes a sus paredes y que comienzan a succionar, a engordar y a trepar, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, hasta que ascienden a lo más alto. Y cuando el daño está hecho y ya es demasiado tarde, es entonces, y solo entonces, cuando alguien levanta la vista, mira hacia arriba y se pregunta: ¿Cómo ha llegado este tipo hasta aquí?

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