MADRID 13 Ene. (EUROPA PRESS) -
En la cocina existe un truco popular que puede cambiar por completo el resultado a la hora de cocer verduras: tener en cuenta si el alimento crece debajo de la tierra o sobre ella antes de elegir la temperatura del agua.
Según este criterio, ajustar la cocción en función del origen de cada alimento ayudaría a conservar mejor su sabor, su textura y parte de sus nutrientes. Pero, ¿hasta qué punto tiene base esta idea y cuándo merece la pena aplicarla?
"BAJO TIERRA, EN AGUA FRÍA; SOBRE TIERRA, EN AGUA CALIENTE"
El chef Jordi Cruz ha explicado en sus redes sociales que la clave está en observar dónde nace cada alimento. Las raíces y tubérculos --como patatas, zanahorias, nabos o boniatos-- viven bajo tierra, protegidos y acostumbrados a cambios de temperatura lentos. Por eso, al cocerlos, lo ideal es empezar en agua fría con un poco de sal.
Por el contrario, las verduras que crecen sobre la superficie --como judías verdes, brócoli, calabacín, tomates o espinacas-- están acostumbradas al sol y a cambios más bruscos. Estas hortalizas se benefician de entrar directamente en agua hirviendo o al vapor durante poco tiempo.
POR QUÉ FUNCIONA ESTA REGLA
La ciencia detrás de esta regla está en la composición de los vegetales. Los que crecen bajo tierra son más densos y ricos en almidón; un inicio en agua caliente puede cocinar demasiado rápido el exterior mientras el interior queda duro. Si se empieza a cocinar con agua fría, el calor penetra poco a poco hasta el centro, logrando una cocción uniforme sin pieles rotas ni partes duras.
En cambio, las verduras de superficie tienen menos almidón y tejidos más delicados. El choque térmico al entrar en contacto con agua hirviendo permite preservar su textura y ayuda a mantener los nutrientes.
CÓMO APLICARLA EN LA PRÁCTICA
Como norma general, se puede recordar así: las hortalizas subterráneas siempre empiezan en agua fría, mientras que las que crecen sobre la tierra se hace en agua hirviendo durante poco tiempo. A partir de ahí, conviene ajustar según el tamaño del corte y el punto de cocción deseado --al dente, tierno o para puré--.
Por ejemplo, las patatas y las zanahorias deben cocerse desde agua fría para lograr un interior tierno y uniforme. El brócoli y las judías verdes, por el contrario, mejor en agua hirviendo durante pocos minutos para mantener su color y textura.
Esta regla no es rígida, pero sirve como guía mnemotécnica para cocinar mejor, conservando los nutrientes y evitando que las verduras se pasen o se cocinen de forma desigual.