Actualizado 23/02/2009 20:20 CET

LA CONJURA DE LAS CASTAS

Hay una España que diserta sobre la crisis y otra que la sufre. Hay una España que pierde su empleo y otra que se pone en huelga para incrementar sus privilegios. Hay un país atormentado que rumia en silencio su infortunio y otro instalado en los despachos del poder, que cobra puntual la nómina por fabricar discursos de esperanza.

Hay banqueros que ganan 3, 5, 8 o 10 millones de euros y miles de parados que cuentan con angustia los meses que le restan para seguir recibiendo los 800 o 1.000 euros del desempleo. Hay presidentes de compañías eléctricas que en el último año cobraron 16 millones de euros y millares de usuarios que se sienten indefensos ante la desmesura del último recibo de la luz. Hay una ciudadanía, acosada por la rapiña de las empresas de servicios, y un Gobierno, una oposición y unos sindicatos, que callan y miran para otro lado.

Hay autónomos, pequeños empresarios, que si fracasan, responden con su patrimonio personal, y respetados prebostes de la banca, las cajas de ahorro o de los llamados sectores estratégicos, cuya imprudencia en la gestión, es auxiliada por la dadivosa caja del Estado. Hay una clase empresarial que defiende para los suyos el contrato blindado, los incentivos, el fondo de pensiones a cuenta de la empresa, y con la misma firmeza, el despido libre y gratuito para el resto. Hay más de tres millones de parados y una clase sindical silente e ideologizada, que todavía habla en nombre de la clase trabajadora, aunque hace mucho que no se sabe qué intereses representa.

Hay altos ejecutivos, algunos de empresas en crisis, que se congelan sueldos de dos o tres millones de euros, y miles de familias que tienen que sacar al hijo de la guardería, del inglés o poner en venta el piso porque no pueden con la hipoteca. Hay jueces que han ido a la huelga porque descubrieron el pésimo funcionamiento de la justicia el mismo día en el que el Gobierno quiso incrementar la sanción al juez Tirado. Hay una justicia implacable y severa que juzga al hombre corriente de la calle y otra complaciente y servicial, que crea doctrinas especiales y absuelve con todos los honores a los grandes pares del Reino.

Hay una corrupción del soborno y el cohecho que abre las primeras páginas de los periódicos, y otra no tipificada, pero igual de generalizada y dañina, que justifica el gasto suntuorio de las administraciones, que la mentira y el cinismo sean una respetable arma política, que se pervierta el lenguaje, que se manipule la información, que elevados discursos humanitarios sean compatibles con circulares secretas que ordenan detener por cupos a los inmigrantes ilegales.

Hay en fin, una España desamparada que sufre o teme el paro, y otra minoritaria y corporativa, asociada en castas, que invoca el interés nacional, para defender su status. No quieren ver que un padre de familia sin empleo, sin recursos es una sombra malhumorada. Pero uno, dos, tres, cuatro millones de padres sin ingresos, son un volcán dormido, una impredecible y peligrosa bomba, que si explota, también hará temblar la cómoda atalaya desde la que las élites hacen discursos y disertan sobre la crisis que mayoritamente padecen otros.