Francisco Pérez González.

Europa Press Sociedad
Actualizado: martes, 27 marzo 2007 14:36

EL FLORECIMIENTO DE LA MISIÓN EN LA IGLESIA.

La labor misionera de la Iglesia es algo incalculable puesto que el servicio y la generosidad silenciosa nunca hacen ruido. A veces me dicen que tenemos tanta vida que la gente no lo conoce y esto porque 'no sabemos vender' nuestra mercancía. Y tienen razón. Ahora bien hay realidades que hablan por sí mismas y ahí tenemos la experiencia de los misioneros; solo de los españoles hay más de dieciocho mil sin contar los voluntarios, y muchos jóvenes, que se acercan durante el año a visitar y a ayudar a los misioneros.

El testimonio, hemos comprendido, es la mejor predicación y por ello no salimos en los medios de comunicación puesto que no damos pie a los intereses que muchas veces se buscan. Basta un escándalo que se difunde en los 'mass media' con una velocidad de la luz y sin embargo hay muchos que se gastan y desgastan por los pobres y nadie dice nada o muy poco.

La situación de la misión en la Iglesia está muy floreciente, pensemos que cada año se abren nuevas Diócesis, en todo el mundo, y son más de quince por año. Esto indica que donde fueron unos pocos misioneros ahora son tantas comunidades cristianas que se inauguran nuevas Iglesias locales. El cristianismo crece y muchos millones adhieren a este estilo de vida porque han percibido que los misioneros están no por otra razón sino por la de amar y servir a todos. La nueva evangelización se abre paso y, a pesar de las dificultades, aumentan los que desean ser discípulos del único Salvador de la humanidad.

Me impresiona ver la generosidad de los misioneros pues su vocación es un regalar por amor su vida para que la humanidad encuentre el camino de la paz, de la solidaridad y de la fraternidad. Pero su apoyo no está en la búsqueda de aventuras puramente solidarias sino que parten de un amor a Jesucristo y a su Iglesia que cambia el corazón y este llega a hacer milagros de tipo social y de relaciones nuevas. Estamos en un momento muy importante en la vida de la Iglesia y en momentos recios mayor compromiso. Hay un dato que hemos de admirar y se refiere a la posición de los misioneros; se sienten tan identificados con su labor que, por nada del mundo, cambian su vida por otra y menos volver al lugar donde nacieron. Cuando los vemos en periodo de descanso, ellos mismos nos dicen que están deseosos de volver y cuánto antes mejor. Su generosidad impregnada de amor a Dios no tiene tiempo para esperar y menos para refugiarse en la comodidad que ofrece la sociedad materialista y consumista.

La Iglesia lleva muchos siglos y nunca ha desaparecido. Ahora nos toca, a todos, ser misioneros de la fe, de la esperanza y de la caridad. Sigamos los españoles mostrando el rostro amable de la finalidad de la misión: aprender a amar a Dios y ser hermano de todos.

Monseñor Francisco Pérez.

Arzobispo castrense y director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP).

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