Por Marina Navarro, coordinadora de la Campaña del Milenio de Naciones Unidas, y Rocío Rodriguez, representante del Fondo de Desarrollo de Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM).
En el Día Internacional de la Mujer, hemos recordado el avance en la igualdad entre los géneros como uno de los mayores logros alcanzados por nuestras sociedades en el siglo XX. Pero no debemos olvidar, entre otras cuestiones, que en muchos países en vías de desarrollo la situación de la mujer es todavía un importante desafío al que debemos hacer frente.
Las mujeres representan el 70 por ciento de los más de 900 millones de personas que viven con menos de un dólar al día; y, a pesar de que aportan dos tercios de la producción mundial, tan sólo les corresponde el 10 por ciento de la riqueza y el 1 por ciento de la propiedad de la tierra.
Las mujeres, además, representan dos tercios de la población analfabeta del mundo, y más de la mitad de la población infantil no escolarizada en primaria son niñas. Muchas mujeres y adolescentes carecen también de asistencia sanitaria de calidad, lo que se traduce, por ejemplo, en un alto índice de mortalidad materna: cada año muere medio millón de mujeres por causas relacionadas con el embarazo o el parto.
La feminización de la pobreza en los países del Sur se manifiesta bajo múltiples cifras y datos que parecen tener especial resistencia al cambio. Por ello, hablar de la lucha por la igualdad entre los géneros es hablar de estrategias multidimensionales de reducción de la pobreza que garanticen a millones de mujeres el derecho a la propiedad y a la tierra; que faciliten su participación en los mercados, aseguren su acceso a la educación y a una asistencia sanitaria especializada y de calidad; y que equilibren la representación política respecto de la masculina -- sólo el 17 por ciento de los cargos parlamentarios en el mundo son mujeres --.
De igual modo resulta imposible abordar de manera eficaz la lucha contra las desigualdades en el mundo, sin la incorporación transversal de la perspectiva de género a las políticas de desarrollo. Las mujeres son valiosos agentes de cambio social y en aquellos países en los que, desde muy temprano, tanto en la escuela primaria como en la secundaria, hombres y mujeres reciben el mismo trato, se logra un mayor desarrollo económico y social.
En el Día Mundial de la Mujer Trabajadora toca recordar que el cambio es posible. La igualdad entre los géneros y la lucha contra la pobreza están intrínsicamente relacionadas y en ambos casos existe el compromiso de asumir estas responsabilidades al más alto nivel.
TRABAJAR JUNTOS PARA ERRADICAR LA POBREZA
En el año 2000, 189 jefes de Estado y de Gobierno firmaron la Declaración de Milenio comprometiéndose a trabajar juntos para erradicar la pobreza extrema en el mundo antes de 2015 y cumplir con Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), una hoja de ruta con ocho desafíos clave para hacer frente a las desigualdades en el mundo, que vienen a sumar las aportaciones de las conferencias sectoriales y de derechos humanos de los años noventa.
Como objetivo primordial, destaca el ODM 3 -- alcanzar la igualdad entre los géneros --, que se sustenta en el espíritu de la Declaración de Beijíng +5 sobre igualdad de género, desarrollo y paz y que no puede desvincularse de la Declaración del Milenio, la Plataforma de Acción y la Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW).
De acuerdo a estos compromisos, la contribución de los países desarrollados para combatir la pobreza y mejorar la situación de las mujeres debe centrarse en cuatro pilares: aumentar la cantidad y calidad de la ayuda al desarrollo, eliminar la deuda externa de los países más pobres y favorecer reglas de comercio internacional más justas.
Aumentar la ayuda al desarrollo hasta el 0,7 por ciento del PIB supondrá mayores recursos en los países pobres para la implementación de la políticas encaminadas a fortalecer la seguridad económica de las mujeres en áreas vitales como el derecho a la tierra o la propiedad; así como para acometer cambios en sus estructuras sociales que garanticen el acceso de la mujer a la educación, al empleo formal y adecuadamente remunerado y a la salud, entre otros aspectos.
Es también responsabilidad de los donantes que el aporte al desarrollo sea de calidad, y que garantice la incorporación de los derechos de las mujeres en todas las políticas. Casos como el de Bangladesh, uno de los países más pobres, que redujo drásticamente los niveles de mortalidad materna al mejorar la preparación de los sanitarios, el cuidado ginecológico de urgencias y los servicios de planificación familiar, demuestran que el éxito es posible.
El alivio de la deuda externa puede también repercutir muy positivamente en la mejora de la situación de la mujer en los países en vías de desarrollo, ya que libera recursos. La cancelación de la deuda externa de Tanzania, por ejemplo, permitió al Gobierno eliminar las tasas en la educación primaria, que suponían una barrera para el acceso a la escuela, y alcanzar así la paridad en las aulas.
GARANTÍAS LABORALES
Por último, un mayor acceso a los mercados internacionales, acompañado de estándares que protejan a los trabajadores pobres y marginados -- en su mayoría mujeres -- garantizará también mayores oportunidades laborales y facilitará la exportación de productos en condiciones de igualdad.
Un ejemplo importante en este sentido es el apoyo del Fondo de Desarrollo de Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) en la articulación de reuniones con organizaciones, funcionarios públicos y el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, para profundizar en la comprensión de la perspectiva de género en las negociaciones comerciales en el Mercosur.
Somos la primera generación con los recursos y los conocimientos necesarios para poner fin a la pobreza extrema y a conseguir la igualdad entre los géneros en el mundo. Por ello, sabemos que debemos actuar en decisión en ambos frentes y exigir a nuestros representantes políticos que cumplan con sus promesas. No desperdiciemos la oportunidad de actuar ahora.