Boko Haram, el enésimo reto de un país marcado por la división

Actualizado 15/02/2015 10:19:42 CET
Protestas por el secuestros de niñas en Nigeria por Boko Haram
Foto: GARY CAMERON / REUTERS
 

MADRID, 15 Feb. (Por Bienvenido Gazapo Andrade, profesor de Geopolítica de la Universidad Europea de Madrid) -

   Estaba previsto que el 14 de febrero se celebraran elecciones presidenciales y legislativas en Nigeria, pero la Comisión Electoral Independiente (INEC) ha ordenado posponer las presidenciales al 28 de marzo por falta de seguridad para los votantes y el personal electoral. Toda una advertencia inquietante que pone en evidencia de nuevo (tras una joven y turbulenta historia, marcada por golpes de estado) la enorme dificultad, si no la imposibilidad de que el estilo político trasplantado de Occidente a la antigua colonia pueda sobrevivir.

   En Nigeria se entrecruzan hoy con más virulencia que nunca, quizá, los dos grandes ejes en los que se enmarca la realidad política africana. Por una parte, la herencia de estructuras tribales que coexisten con los sistemas políticos democráticos importados de Europa tras la descolonización, difícilmente compatibles en el orden práctico con el sistema de libertades de Occidente.

   Por otro, la intensa y creciente radicalización de algunos sectores del mundo islámico que aquí y ahora vienen ensombreciendo la geografía del mundo desde Pakistán a Mauritania y desde el Caspio a Indonesia. En el caso de Nigeria, su proximidad al Sahel (santuario del terrorismo islámico en África) complica más las cosas.

   En teoría, la República Federal de Nigeria está formada por 36 estados federales y un distrito federal, que ocupan un espacio geográfico de 923.000 kilómetros cuadrados (casi dos veces España). Con 174 millones de habitantes, es el país más poblado de África. Rico en materias primas y fuentes de energía --es el mayor productor de petróleo de África-- se convierte en una "potencia regional" desde el punto de vista económico. Así la percibimos desde Occidente. Pero la realidad de Nigeria se adapta con dificultad a esta imagen mental, por varias razones.

   Además de que su espacio geográfico está dividido por el clima en dos mundos (el norte, que acusa la prolongación del Sahel, en forma de sequía y pobreza de sus tierras, y un centro-sur rico en agricultura y fuentes de energía), su población (mayoritariamente rural y en aumento: más del 50% del total), está fragmentada en un gigantesco mosaico étnico, con centenares de grupos: los Hausa y Fulani, asentados en el norte, constituyen casi un 30% de la población. El sur se lo reparten entre los Yoruba (21%), los Ijaw (10%) y los Igbo (18%).

   Entre el norte y el sur, se abre otro espacio, ocupado por un conjunto humano más mezclado, que constituye el 12% de la población, aproximadamente. El número de lenguas y dialectos supera los 400, según algunos, aunque la lengua oficial es el inglés, herencia de la colonización británica. Estos grupos humanos llevan cientos de años, organizándose mediante alianzas entre sus "reyes" o señores locales, que asentados en sus dominios no han aceptado fácilmente los dictados del gobierno central.

Cartel electoral en Nigeria

BIPOLARIDAD RELIGIOSA

   A esto se suma la bipolaridad religiosa: las dos principales religiones de Nigeria son el cristianismo y el islamismo, ambos con parecido número de seguidores (49% los primeros y 48% los segundos). Desde el punto de vista religioso, el 80% de la población del norte de Nigeria es islámica. El centro y oeste están ocupados por católicos, protestantes e islámicos. El sur y sureste son mayoritariamente cristianos (60% católicos, 30% anglicanos).

   La pluralidad religiosa no debería constituir un problema en un estado democrático, pero esta mezcla étnico-religiosa es explosiva en Nigeria, dibujando una gran diferencia entre el norte pobre y musulmán (grupos Hausa y Fulani) y un sur rico y predominantemente cristiano (grupos Yoruba e Igbo).

   La Constitución política de Nigeria afronta este problema, intentando solucionarlo, al menos en el orden teórico, cuando proclama el derecho a la libertad de pensamiento y de religión, incluyendo la libertad de cambiar de religión o de creencias y la libertad para manifestar y propagar su religión" (cf. art.38:1) y prohíbe el dominio de cualquier religión asumiendo el principio de laicidad del Estado (cf. art. 10). Pero aquí comienzan de nuevo las disfunciones.

   Entre los años 1999 y 2000, los trece estados del norte adoptaron la 'sharia', rompiendo la coherencia interna de la Constitución que garantiza la separación entre política y religión. Ciertamente la 'sharia' solamente se aplica en teoría a los musulmanes, pero en la práctica supone una discriminación permanente de los ciudadanos a la hora de ocupar puestos en la administración, y un instrumento peligroso a la hora de eliminar de la escena civil a los elementos incómodos. Por otra parte el Consejo Supremo de la Sharia, creado en 1999 promueve la adopción de ésta por otros estados.

BOKO HARAM

   Boko Haram es algo más que un grupo de fundamentalistas dedicado al bandidaje. Boko Haram es, desde su fundación en 2002 por el salafista Mohamed Yusuf, la lucha contra el gobierno de Nigeria, que es para ellos ilegítimo porque no es islámico ("El que no esté gobernado según las enseñanzas de Alá se encuentra entre los transgresores", dicen).

   Por tanto, sus principios están claramente establecidos: sentencia de muerte contra todo occidentalismo. La represión contra todo lo occidental (y el cristianismo es visto por ellos como un producto de Occidente) en forma de matanzas, incendios de iglesias, destrucción de aldeas, secuestros (no se olvide que la mayoría de las niñas secuestradas en abril en Chibok eran cristianas), se cuentan ya por miles y constituye algo más que un conflicto entre ganaderos y agricultores. La carnicería se extiende contra musulmanes moderados que no quieren cuentas con sus procedimientos. Quizá valga la pena comenzar a hablar de genocidio.

   Habla el Consejero de Seguridad Nacional de Nigeria de que se necesitan al menos seis semanas para concluir la operación contra los insurgentes a fin de facilitar el proceso de participación ciudadana en las elecciones. Pero Boko Haram no da síntomas, por el momento, de debilidad. Lejos de retroceder, avanza en su estrategia de lucha contra un Estado de derecho que tiene mucho de ficción.

   Hasta el momento, el hecho étnico-religioso en Nigeria reviste una importancia política de primera magnitud. Por eso los interrogantes que nos hacemos son inevitables: ¿Terminará convirtiéndose Nigeria en el estado musulmán fundamentalista más importante de África? ¿Se dividirá en dos, de acuerdo con las sensibilidades religiosas? Los permanentes esfuerzos de diálogo interreligioso que se están llevando a cabo ¿conseguirán mantener una Nigeria unida en la diversidad?

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