Actualizado 02/01/2013 13:00

Antonio Pérez Henares.- Las cabañuelas de la economía.

MADRID 2 Ene. (OTR/PRESS) -

Estos días de obligados pronósticos para el año que empieza me empiezan a sonar a las "cabañuelas" del tiempo de los pastores de mi infancia alcarreña. Quizás un poco más fiables, a mi juicio, los pastores, qué quieren que les diga. Los augurios de los economistas en vista de lo visto y comprobado que ya no aciertan ni después de haberse producido la noticia empiezan a tener una credibilidad similar a la de los políticos considerados por la ciudadanía, que tampoco es eso, como los responsables de todos sus males y padecimientos.

La ciudadanía, aunque no haya quien se atreva a decírselo, el único que osaba reñirles era Anguita, también de alivio. Uno diría que vive presa de una convicción por la que supone que los fondos públicos son un inagotable montón de trigo que engorda por obra y gracia de alguna divinidad galáctica. Nadie parece querer entender que ese grano es el que uno a uno ponemos todos y que quien lo robe, sea un celemín o un quintal. Nos está robando a todos. Amen de que si sacamos más trigo del que metemos en el atroje, este se acaba. Y la realidad ahora es que más que montón lo que tenemos es un agujero con lo que debemos.

La reciente encuesta publicada por el Mundo, más allá de las prospectivas políticas lo que señalaba es que la población española no es consciente todavía de su verdadera situación. Supone que han de salvarlos. Otros, alguien, han de salvarlos. No parece comprender que es cosa de todos. La prueba más evidente es que se rechazan una a una todas las medidas de ajuste o ahorro. Mejor dicho se apoyan así en general y mientras le toquen a los otros. Pero en cuanto le rozan o le afectan de pleno a uno, ya está el problema. Por rechazarse se rechaza hasta que se ponga coto a las jubilaciones prematuras y de aumentar el periodo ya ni hablamos. O sea, que está muy temeroso de que no haya para pagar las pensiones pero nada de que le exijan a uno algo por evitarlo. Y así con todo, con cualquier cosa, hasta con ahorrar en medicamentos, que era un disparate lo que se despilfarraba.

Por ello, más allá de la cabañuelas económicas, la desazón que me invade en este inicio del 2013 proviene esencialmente de observar como la sociedad española, que tiene grandes virtudes, tiene también el tremendo defecto de no considerarse responsable ni estar a la altura de esas responsabilidades cuando la coyuntura aprieta tan a lo bestia como ahora. La culpa siempre es de otros, ahora de los políticos. Pero los políticos son tan solo el reflejo de esa sociedad y es la sociedad en el fondo la que no parece asumir que más allá de la protesta, de exigir derechos y hasta mantener privilegios, también tiene deberes y que o sale y salimos todos en un esfuerzo común de ir adelante o de este hoyo, sacarnos no nos va a sacar nadie. Y temo que España carece de esa voluntad colectiva que uno si ve en otros países, algunos muy próximos, a los que quizás tengamos que acabar por emigrar y entonces comprobaremos que si precisamente remontan es porque andan en las antípodas de creerse en Juaja. Y aquí seguimos creyéndonos que Juaja nos la tienen que poner en la mesa, cuando lo que tenemos por delante son 6 millones de parados.

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