MADRID 14 May. (OTR/PRESS) -
Aún falta una eternidad política para acudir a la urnas y nos ha cogido de lleno la fiebre de las encuestas. Quedan por venir no sé cuantos torbellinos, algunos advenimientos que se proclamarán como poco como el fin de los tiempos, manifestaciones a miles, sucedidos y títeres parlamentarios a cientos, escándalos a docenas, procesos, dimisiones, ceses, hasta puede que una nueva huelga general o dos, intentos de referéndum secesionistas y amenazas, vete tú a saber si hasta confirmadas, de rupturas de la propia España, sobresaltos económicos y financieros, alguno hasta de la dichosa prima esa que ahora perece fría, malas noticias e incluso hasta puede, ¿quién sabe? si algunas buenas e incluso que baje el paro. Pues nada, cuando por estas transitamos, en un presente de zozobra y al albur de un futuro más que incierto el personal, anda o le andan a vueltas con lo que va a votar o votará. O sea, la cabañuelas de los pastores sobre el tiempo, pero a dos años vistas.
Está muy bien como entretenimiento, como variación del cuento de la lechera y, concedamos, que también refleja un estado de ánimo que difícilmente podía ser otro con lo que nos lleva caído y la que nos está cayendo. O sea que al Gobierno le llueven palos por doquier y sufre un severo desgaste. Normal. Algo menos pero no imprevisible es que a sus ahora opositores las cosas les vayan hasta peor. ¿Y qué pueden esperar con lo que hicieron y lo que ahora hacen y no hacen?. El bipartidismo se resquebraja, o eso dicen ahora, pero las subidas de IU y UpyD tampoco, excepto en Madrid, son de sorpasso y arrumbe con lo establecido. En realidad tampoco ellos es que sean cosa nueva. Los unos bien se sabe y Rosa Díez no es precisamente alguien recién llegada a la política. De escaño y cargo no se ha bajado en más de 30 años. Con otros, pero siempre bien aposentada.
Pero además de eso que es un futurible similar a ese de ¿qué harías si te tocara la lotería?, la cosa de la encuesta está dando para que opinemos de todo y no dejemos títere con cabeza. Se han salvado de la quema a saber, la Guardia Civil, la Policía Nacional y el Ejército, que es cosa que no deja de ser sorprendente y para alguna meditación añadida que sean, amen de un prestigio bien ganado de servicio, los que llevan armas. El resto a caer de un burro. De la corona a los concejales, de los banqueros a los sindicatos, de este a oeste y de norte a sur, la Iglesia o los periodistas. Y de los políticos, ¡bueno ya los políticos!, la peor peste y más apestados que los leprosos. Los malos remalos y culpables de todos los males nuestros.
Y todo esto está muy bien, y soltar sapos y culebras por la boca sea en bares, en platos televisivos y tertulias que empeoran los pelajes de las trifulcas tabernarias, en la calle, en cualquier foro y por parte de aforados y del primer desaforado que por allí pase. Todos son unos sinvergüenzas. Sin que se libre uno, todos deberían estar presos, en galeras, en la picota de las vergüenzas o en el potro de las torturas. Todos, pero siempre los otros. Porque "todos" es para los españoles siempre los otros, los demás.
Y ya puestos a preguntar, y a responder, en esta fiebre demoscópica. Por qué no nos preguntamos por nosotros mismos. A ver, hombre, que opinamos de nuestra misma mismidad. Y a ver si decimos la verdad. Que mucho me extrañaría a mi que la digamos. ¿Cómo vamos nosotros a hacerlo mal?. Los malos, es bien sabido, son siempre los otros.